Es que yo me creí el gran masticador

Pues sí, ese día andaba corto de todo: dinero, comida, wi-fi, visión, cabello, deseos y bueno, todo. Tomé un pincel y lo empecé a masticar. Pobre pincel, masticado hasta la muerte. ¿Qué otro uso le podría dar alguien como yo a un pincel? No soy de los que pintan, no soy de los que dibujan, en general no soy de los que crean el arte. Tampoco lo aprecio. Si me regalaran la Mona Lisa probablemente la vendería y me compraría Cap’n Crunch de por vida. ¿Que la Mona Lisa vale más que eso? ¡Pues a saber! Yo solo quiero un poco de cereal. Pero me desvío del punto; tomé el pincel y lo mastiqué hasta que decidí que ya estaba muy gastado y me puse a pensar en todo lo que he masticado en mi vida. He sido, durante muchos años, un mal masticador. Por un largo periodo de mi vida, he estado masticando y masticando sin tragar ni salivar, solo masticando. Le doy poco sentido a la vida y poco interés, soy simplón y aburrido. Suelo preguntarme cómo conozco tanta gente. Pero bueno, supongo que por algo solo llego a eso: conocerlos.

Otra vez nos desviamos. Después de buen rato masticando el pincel y darme cuenta de que en la vida solo mastico y no salivo ni trago me di cuenta de que era porque la mayoría de cosas que he masticado han sido pinceles u otros objetos sólidos que no se comen. Lápices, pinceles, cables, gafas, uñas, ropa y hasta celulares. Relaciono esta manía por morder con que en realidad mi vida necesita más comida. Como bastante y no me dejarán mentir acerca de ello, pero soy un hambriento espiritual. Necesito masticar más cosas comestibles: debo leer más libros, debo escribir más, limpiar más, amar más, salir más, hacer más ejercicio, estudiar más, escuchar más, hablar más, mirar más, caminar más, comer más. Nada me garantiza que alimentar a mi espíritu después de tanta cosa incomestible me de resultados inmediatos, tal vez hasta me dé indigestión o empiece a vomitarlo todo al inicio. El problema es que no sé cuánto tiempo más soporte en este estado famélico.

Voy a hacerlo. Voy a tomar mi mochila azul con negro y meterle una cámara, una lata de Pringles, una Inca Kola y acamparé en mi techo. Voy a empezar a vivir con la lluvia de la quietud más accesible que tengo para ver qué de bueno puede ofrecer este descuidado espíritu. Quiero escuchar el ¡chas, chas, chas! de las ideas golpeado mis desgastados lentes que ya dudo sean de mi medida real. Quiero volver a reír mientras escribo (o llorar, dependiendo de lo que sea) y quiero que cuando me lean me digan “¡wow, Marco, no entendí nada y me aburrí a la mitad, jaja!”. Siento que mi vida estaba más completa cuando estaba un poco más vacía, porque así tenía espacio siempre para cosas nuevas. Tengo que hacerlo, voy a acampar en mi techo.

Pero hoy no, que pereza. Hoy voy a escribir con mi gato al lado, hoy no tengo Pringles ni Inca Kola y mi mochila está que da asco de lo sucia. Sé que no iré lejos, pero quiero que todo salga bien. Quiero el escenario correcto, como cuando soñaba con actuar en obras de bajo presupuesto en los teatritos que hay en los distritos fichos o como cuando soñaba con escribir un libro que vendiera 200 copias (porque más es muy mainstream). Nada de ello se pudo ni se podrá, pero eso es lo bonito de los anhelos, te mantienen soñando con ellos, pensando en cómo sería todo si se realizaran. Nunca suceden, por eso nunca te decepcionan. Quiero masticar esa frase unos instantes, tal vez sea el inicio de un bonito alimento.

Anuncios