Alicia odia a los hombres.

Cansada de su belleza genérica, Alicia estaba convencida que nadie podría encontrar sus verdaderos encantos si seguía escondiéndolos tras esa capa de cabellos lacios bien peinados o ese poco de rubor que se ponía sobre las mejillas. Nunca se vio tan bella frente al espejo y eso la sacaba de sus casillas, ¿de qué sirve que te vean si, al hacerlo, no te ven? Alicia sabía que era bella y eso la hacía llorar.

¿Qué es la belleza? ¿Por qué tuvo que nacer así? Ella no será graciosa, inteligente, trabajadora, exitosa ni aplicada. Ella solo es bella: “qué bella estás, Alicia”, “te ves muy bien esta noche”. Una bella figura atrae las miradas, pero no atrae lo que ella realmente buscaba. En su mente, no recuerda la última vez que un hombre vio sus ojos antes que sus senos y si alguien lograba hacerlo, no pasaban 10 segundos de descuido hasta que su sexto sentido le advierta que su pecho se estaba llevando la atención nuevamente. Alicia se llenaba de ropa y desnudaba su espíritu. Pero a nadie le importa la desnudez de Alicia, no con toda esa ropa encima.

Alicia no soñaba con la muerte, pero la deseaba mucho. Alicia tenía esta idea de que, si iba a morir, tenía que caer una granada en su casa. Un elefante en forma de granada. Pero si era mucho pedir, se conformaba con una granada en forma de elefante. Alicia extrañaba a su padre, pues siempre trató de convencerse que él volvería con un elefante, un elefante en forma de granada. Mientras esperaba ese suceso, se conformaba dibujando. Dibujaba de todo menos elefantes, por miedo a que explotaran en el momento menos oportuno.

Sin rumbo, Alicia salió a caminar. Tal vez a comprar un jugo o a visitar un nuevo callejón. Alicia amaba los callejones oscuros, porque nadie podía verla. Quizás, solo quizás, Alicia se enamoraría en un callejón oscuro, ahí donde lo único que uno puede ver es esa desnudez espiritual, donde lo físico es inexistente. Caminaba, mientras las mujeres la veían con envidia, algunas con odio, ninguna mujer soporta a Alicia. “Zorra, puta, prostituta”. Un día dejó de tomarse fotos, una sonrisa de Alicia la transforma en una zorra.

Llegó, Alicia, a un callejón oscuro, de esos que le fascinan. Entró con una sonrisa y sintió la presencia de alguien. No tenía ni idea de si era hombre o mujer, ella solo sabía que había alguien y eso la emocionó. “¡Tal vez me hable!”, pensó. O al menos eso creo yo que pensó. Por unos minutos, Alicia le dio vueltas al callejón, sin salir a la luz, pues sentía que la persona la seguía. Volvió a la vida, no pudo aguantar su sonrisa, Alicia estaba enamorada. Se volteó y abrazó a su acompañante misterioso. Le dio un apasionado beso, tocó sus cabellos secos y le preguntó si la amaba. El sujeto (porque era hombre) no dudó en golpearla y violarla. La violó una, dos, tres veces. Cada vez con más hambre. Invadida por el dolor, Alicia se echó a llorar. ¿Dónde está ese amor no físico que había descubierto? ¿Existe? El hombre se echó a correr y dejó a Alicia tirada en su sitio favorito. El único sitio en el cual podía sentirse una mujer.

Ya en su hogar, Alicia se sintió impotente. Estaba cortada, despeinada, llena de tierra y con rastros de sangre en sus piernas. Estaba en el peor estado que había visto jamás y aún así el espejo la mostraba bella. Alicia odia a Alicia. No la soporta. Quiere dejar de verla por siempre. Acto seguido, Alicia arrancó sus ojos con su tenedor favorito, ese de ositos que le regaló su padre cuando aún era su padre. Alicia agonizaba en su cama, aunque estaba tranquila por saber que nunca volvería a verse. Alicia odia a los hombres, a todos los hombres del mundo. Los hombres, dice Alicia, son como soy ahora. Los hombres no tienen ojos de verdad. Nadie puede amar realmente a Alicia, lo único que un hombre quiere es un par de grandes senos, un buen culo, un lindo abdomen. Algo que desespera a Alicia es saber que nunca conoció a alguien que pudiera ver esos ojos que ya no tenía, esa tristeza que moría con ella, esa necesidad de alguien que pudiera decirle “estaremos juntos por siempre”. Y un hombre nunca está satisfecho, Alicia sabe que no puede confiar su amor en un hombre, pues este se hartará de ella en algún momento e irá a buscar otra Alicia.

Alicia era muy buena, pero para el mundo, Alicia solo estaba buena. Tal vez Alicia buscaba algo que no existe, tal vez fue muy ambiciosa, tal vez Alicia tenía mucho amor para dar en un mundo en el cual no hay amor fuera de “hacer el amor”. Alicia estaba sola como siempre, cuando escucha como, de repente, se rompen las ventanas de su habitación, una por una. Como si fuera magia, empiezan las explosiones. ¿Será posible que papá trajera las granadas con forma de elefante? Una tras otra explosión desmiembran a Alicia y su sonrisa nunca fue tan sincera.

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