Ráfaga

Diez minutos antes de las ocho, ligero aroma a quemado y soledad en la cama. Abres los ojos porque no tienes más opciones o porque te resignas a una realidad que alguien creó, con buen o mal gusto, para ti.

Paseas en la prisión e imaginas que es tu casa, tal vez lo sea, tal vez por eso huyes y tomas el tren a otra jaula y extrañas caminar, lo extrañas sentado en un pedazo de plástico, deseando que nadie te saque de ahí. Se detiene el tren y rejas automáticas. Quinto piso, segundo piso en el quinto piso. Cierra los ojos, imaginaste mucho y se abren las puertas que te condenan nuevamente al tren, pero te aferras a la vida. Gracias. Caminas. Pasan los trenes y los minutos y es mucha la felicidad o el viento en tu rostro. Corres y pasa el aire, corta y se levanta tu piel: el cambio es doloroso, pero es mucha la felicidad, mucha la felicidad y mudas de piel y de sonrisa. Escalas al segundo piso que ahora está en el quinto y no hay más opción que el avión. Despega contigo y se roba tu ráfaga de felicidad. Vuelve a la jaula y deshecha esa horrible piel o se puede enojar papá.

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