Luces inevitables

Se sentaba en la cornisa cada domingo 26, sin importar el mes ni el año. Me miraba desde ahí, como una estrella que se cayó y no encontró su camino de vuelta… ¿de vuelta a dónde? Una estrella como ella, que solo quiere dejar su reflejo en el mar y desaparecer en el día, entre constelaciones y lisuras y primavera.

Me cantaba canciones de una argentina cansada y me apagaba las luces para sentirse brillante. Prendía la rockola de sus labios y entonaba sus tangos desafinados y tristes hasta ver mis párpados bailar, terminando en una súbita sonrisa que detenía la música y acababa el domingo, en una lágrima que resbalaba por la cornisa hasta reventar en la acera, junto con la lluvia del lunes.

Al llegar mayo nos vimos de nuevo, pero no tenías fuerzas para cantar y la noche no te dejaba brillar entre osas mayores artificiales. La argentina cansada parecía muerta entre tus cabellos y te quedaste ahí, esperando que alguien dijera al menos un “te quiero”, un poquito de eso que el mar te había negado, de eso que la cornisa ya no te ofrecía. Te vi como una doncella acabada que no llegaría hasta enero y pensé en todos los tangos que no me cantaste y en lo aburridas que estarían mis pestañas sin el baile azul que acaba en tu sonrisa y en la lluvia. ¿Me das la mano, estrella de la noche, pasajera del veinte y seis? Ya es hora de volver al reflejo del mar y dejar las ventanas y las cornisas. Es hora de hacer nuestra propia constelación.

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