Carta de un hijo difunto a su madre triste

La llamada de las tres y tres de la madrugada indica que se acabó aquello. La noticia entra a la habitación como un gato negro de diez metros, se acabó la guerra y es hora de llamar a los familiares y a los amigos y a los vecinos. ¿Quién sabe a quién hay que llamar? La habitación está sola y sola está la madre, que estaba sentada frente al televisor que ya no prende. Ya nada prende. La ropa negra estaba prohibida en la casa y ahora hay que vestirla, preparar a los asistentes de aquello que tanto se ve en las noticias, pero que nadie realmente sabe cómo hacer. Al diablo con los asistentes, con las tías, con las vecinas lloronas y con las hipócritas que vienen a tocar el hombro de una madre derrotada, de una madre triste que no sabía que llegaría el día que llegó. Está bien llorar, pero la madre no llora. La madre necesita sus energías para aguantar el peso sobre sus pies que ya no quieren hacerla sentar, porque desde su posición ya no ve el televisor directamente. El televisor que ya no prende y que iba a mandar a reparar para ver la película del domingo. La única que no veía sola, pero ya no está el que reía con ella. El que encontraba la referencia de Woody Allen en todas las películas del domingo, pero que nunca llegaba al final, porque se dormía en las piernas de la madre que ya no quiere usar las piernas. Se ha quedado sola la madre.

El gato negro sigue mirando a la mujer perdida. La casa que nunca se había visto tan grande, ahora ha crecido para dejar que el gato se quede mirando, desde ahí, desde el décimo metro que lo mantiene mirando a la madre. Minúscula. Abatida. Tan madre. ¡Madre hasta el final de los días del hijo! El hijo que ya no es más que un pedazo de hijo. Una bacteria de hijo. Polvo de hijo. Madre triste que no sabe qué hacer para llegar a visitar al hijo helado. ¿Pero a quién va a visitar? Si aquel que merecía ser visto ya se fue y lo que queda no es más que un trapo sucio con un corazón maldito que tuvo la vileza de dejar de hacer su trabajo. Porque solo tenía un trabajo y ahora la madre ha tenido que despedir al trabajador ocioso, aunque ya es muy tarde. Y ahora la madre sabe que no, no todos son reemplazables en esta empresa del cuerpo humano que lamentablemente es humano. Y el gato negro, tan lleno de noticias, tan televisor, le dice a la triste madre que hay una carta, que se han ido 23 años de hijo y que solo le quedan 2 minutos de carta (si la lee lentamente). El gato negro, maldito y alto destructor, deja la carta y se va temblando firme, porque él también extrañará -quizás- 23 años de amigo.

Las piernas tumban a la madre nuevamente contra el asiento. ¿Qué hizo mal la madre para merecer el castigo de enterrar a su propio hijo? Dios no responde. Dios, que prometió ayudar a la madre, que prometió estar ahí cuando una luz fuese necesaria. Dios que empieza a volverse más una ilusión que una verdad. Dios que le pidió lealtad y fuerza a la madre para seguir el camino largo y doloroso de ver morir a su acompañante de películas domingueras, a su pastelito dormilón, a quien traía a los amigos a la casa para que no se viera tan vacía, el hijo que nunca fumó más de la cuenta, el lindo niñito perfecto que ahora está al lado de Dios. No. Dios no simpatiza con los niños, ni con los jóvenes, ni con las madres, ni con nadie. Dios no permitiría que sufra así una madre y, al final, todos seremos enterrados en la tierra. Porque las nubes son egoístas y no te quieren allá arriba. Porque eso es todo lo que hay arriba ahora: nubes. Nadie puede ser sepultado en una nube y por eso la tierra es tan buena, es tan humilde. La tierra nos deja desaparecer en ella y no somos nada más que tierra, al final no somos más que tierra para la tierra y los gusanos. Y eso lo sabe muy bien la madre, que juguetea con la carta, con miedo a leerla. Con miedo a saber qué hay detrás de la carta porque es todo lo que queda de su hijo. Por miedo a memorizar la carta y que pierda su uso para siempre, así como el cuerpo de su hijo en la tierra. Pero la madre está y tendrá que vivir el resto de su vida con dos minutos de carta, con dos oraciones escritas con el puño y la letra de quien ya no está.

La madre levanta su peso en una pierna y sin televisores metiches ni gatos negros, desdobla por primera vez el papel. Sin amigos ni familiares que comprendan su dolor, desdobla por segunda vez el papel. Sin más años ni minutos para encontrar su sonrisa, desdobla por tercera vez el papel. Sin llorar ni una sola gota de lágrima, pero sin corazón para seguir viviendo, desdobla por cuarta vez el papel. Sin su hijo,  la mujer que dejó de ser madre por la fuerza de la tierra desdobla por última vez el papel. Y el papel está vacío. Porque, después de la guerra, eso es todo lo que queda de ella.

Petición

Si me vas a mentir,
no olvides, por favor, cerrar
la puerta al salir.

Si no tienes más que dar
si te olvidas de la puerta al salir,
no me digas, por favor,
que me vas a engañar.

Si mi gato te vio
mientras mis ojos no funcionaban,
a mi gato, por favor, no lo vayas
a matar.

Si me vas a mentir,
si me vas a engañar,
si la puerta no vas a cerrar,
no olvides, por favor,
avisar.