53 cigarros

Apagas el cigarro en la pared y afinas tu puntería unos instantes para atinar al tacho. Encestas sin celebración, aunque sigues siendo un perdedor: 15 a 37. Vas por el 16. Con tus manos frías e insensibles, rebuscas en el bolsillo derecho de tu pantalón gris, tu nuevo color favorito desde que te mudaste a Miraflores y miraste el cielo al amanecer. Después de una corta pero incansable búsqueda, retiras lentamente el último cigarrillo que tienes a la mano y remueves el fósforo que, inteligentemente, guardaste entre tus cabellos y tu oreja para esta ocasión tan especial. Tres intentos fallidos y, al cuarto rose nervioso, se ilumina la pólvora del palillo de madera. Esperas 2 segundos y acercas el cigarro a tus labios secos, porque a nadie le gusta un cigarrillo babeado. Presionas suavemente el tabaco envuelto y, mecánicamente, le acercas el fuego para encenderlo, tras unas cuantas bocanadas de aire triste. Apagas el fuego y la oscuridad inunda nuevamente el cuarto gris, que era blanco antes de que te mudaras a Miraflores y que lograste colorear a tu manera con humo oscuro y pensamientos negros. Noir. Consumes lentamente el amargo placer y cierras los ojos para sentirte un poco muerto. Luego, un poco vivo.

“¿En qué piensas tanto?”. La voz de tu inconsciencia resuena en las paredes, porque en tu cabeza ya no hay espacio para más cosas. Respiras lento y pausado, como si fueras un niño de siete años resignado a entrar al salón en el que están la niña que le gusta y el niño que lo golpea cada vez que puede. Te llenas de valor y levantas la mano izquierda para tocar suavemente tu mejilla, solo para saber si has estado encerrado suficiente tiempo en tu habitación como para haberte arrugado. Cierras los ojos nuevamente, pero esta vez para quitarte el líquido de encima, jugando al parabrisas. Parece que hoy tampoco saldrás de casa, pero esa es la última de tus preocupaciones. Esta noche muere en una soledad a la que aún no te acostumbras, a pesar de los años que han pasado. Es difícil mirar al rededor cuando todo lo que ves son papeles apilados y un tacho con menos basura adentro que afuera. Quizás pensar es, ahora, la primera de tus preocupaciones.

A las 23:16, muchas cosas han acabado. Entre ellas, tu pucho. Resignado, apagas el cigarro contra la pared y afinas tu puntería unos instantes para atinar al tacho. Fallas como de costumbre, pero no te entristeces. Al menos, tu puntaje como encestador de cigarros muertos es mejor del que mereces: 15 a 38.

El lugar perfecto

– Empecemos la sesión del día de hoy. ¿Estás de acuerdo, Jimmy?
– Sí.
– ¿Dormiste bien?
– Sí, señor.
– ¡Magnífico! ¿Tuviste algún sueño?
– Sí, señor. Sueño mucho. En este momento su sillón es muy cómodo. Siento ganas de soñar; de no estar aquí.
– ¿Es incómodo estar aquí?
– No aquí, señor. El sillón es muy cómodo, ya se lo dije. Pero aquí, la realidad, lo que llamamos verdad, momento presente. Aquí es incómodo.
– ¿Por qué no te gusta estar aquí? ¿Es malo ser real o vivir en la realidad?
– No me gusta saber que esto es la realidad.
– Eres un hombre casado, Jimmy. Eres parte de una familia hermosa. Pronto podrás reunirte con ellos, solo debemos progresar un poco más. Estas semanas que hemos pasado juntos, me has demostrado que puedes lograrlo. Que realmente eres parte de nosotros. ¿Esa realidad no te gusta?
– No, señor.
– ¿Qué es lo que no te gusta de la realidad, Jimmy?
– En el mundo real, veo cosas. Cada mañana, a las 5 o 6, pero siempre en la mañana, sé que soy parte de algo inmenso que no puedo cambiar. Veo a mi esposa a mi costado y es realmente hermosa, ¿pero es ella quien realmente amo? Tomo un sorbo de agua cuando me levanto y sé que dependo del agua. Cuando despierto, sé que soy esclavo del sueño. No puedo hacer todo lo que deseo hacer en un día, porque el día tiene un final que no puedo decidir. No quiero vivir eternamente, pero no puedo decidir cuánto vivir si quiero vivir para lograr, al menos, la mitad de las cosas que deseo. Como seres reales, debemos tomar decisiones, marcar prioridades, tener gustos. Somos reales y la realidad nunca será perfecta, la verdad es que la realidad ha creado la perfección para recordarse a sí misma que está vacía… Porque la realidad es insuficiente para entender la perfección, pero aún así la ha creado. ¿Tiene usted idea de lo que desea realmente?
– A decir verdad, en este momento solo quiero verlo feliz, Jimmy.
– Eso es un problema, ¿sabe usted lo que significa ser feliz realmente? ¿Cómo sabe que ha sentido la felicidad si es otra de las palabras que inventamos para mantenernos reales?
– Las palabras nos sirven para entender nuestro entorno, pero no definen con exactitud lo que sentimos.  Sé que fui feliz cuando me casé, cuando vi crecer a mis niños, cuando veo a mis pacientes salir por esa puerta y decirme: ¡Demonios, Wallace, realmente hemos vencido el problema! Eso quiero para nosotros, Jimmy, quiero que vuelvas a la realidad y puedas entender que la felicidad es algo que escapa nuestro entendimiento, pero que puedes llegar a ella así como puedes llegar a encontrarte en tus sueños.
– Ha cumplido entonces su trabajo, señor. En la realidad estamos siempre, es inevitable. Pero yo quisiera que usted me ayude a volver a mis sueños y quedarme ahí para siempre. Puede usted, entonces, quedarse con mi realidad. Con mi mujer, con mis cuentas bancarias, con mi trabajo, con mis vecinos, con mi cuerpo. Puede usted quedarse con todo lo que me mantiene en este lugar que tanto ama usted. Pero por favor, se lo suplico, devuélvame al mundo de los sueños. Devuélvame al lugar en el cual el amor tiene ojos verdes claros y puros. Quiero volver a un lugar en el cual nunca tengo sueño, donde puedo vivir entre los peces y conversar por horas con la soledad de algún espacio que se parece a una estrella y que a veces está tranquilo dentro de un vaso con agua. Quiero sentir la comodidad de mi piel cayendo pedazo por pedazo en el suelo y ver cómo mi sangre no existe porque debajo de mí todavía estoy yo y no soy alguien más para alguien más. Quiero vivir en ese lugar en el cual no tengo miedo a despertar, porque nada puede acabarse, porque yo decido si llorar o reír. Ese lugar donde no hay una persona que te diga que eres real, porque puedes decidir, por unos instantes, dejar de serlo y volverte espacio, perfección u ojos verdes. Donde pueda inventar el sueño yo mismo, para no tener que temerle al despertar, porque si lo he hecho yo para mí está bien, yo me comprendo. Señor puede quedarse con toda mi vida real si así lo desea, el mundo es igual de genérico para los dos y no tengo deudas en este lugar. Por favor, si no me puede devolver a ese lugar con este cuerpo o esta vida, por favor acabe con todo de una vez y dígame que puedo volver allá y atraparme en ese instante en el cual soy sueño y no realidad…
– Vamos a tener que seguir mañana, Jimmy. Llévenlo a su habitación.