Lo que merece el cuerpo

(A)

Melissa sale del casino con menos fichas de las que tenía hace unas horas, pero sin aires de derrota. Mira a su derecha y es testigo de cómo un hombre roba un beso a una dama que, probablemente, está cansada de su compromiso y acepta el roce de los labios como un alivio. Probablemente acaba de entender que no importa cuántas fichas pierda o gane, el amor no se pierde en el tabaco, el alcohol o el casino.

(B)

Arturo ha vendido su casa en Lince para mudarse a San Isidro. El aumento de salario estuvo bueno y el tiempo que ha dedicado a su trabajo lo ha enriquecido de conocimientos varios que le aseguran una ligera ventaja sobre su competencia generacional. Cuando estruja la mano del hombre al que le compró la casa, ve cómo este se retira para abrazar a su esposa y la lleva en su auto a disfrutar de una nueva aventura, lejos de su antiguo barrio. Mientras se despide de ellos con un movimiento horizontal, Arturo se pregunta de qué le sirve tener tantas cosas si no las puede compartir.

(A)

Después de pasar quince largos minutos en la parada del bus, finalmente aborda un taxi, vencida por su impulso de gastar todo el dinero que alguna vez ahorró para comprarse una casa en San Isidro. Mientras se dirige a su departamento, recibe una llamada de un amigo con el cual solía compartir los ratos de diversión. Decide no contestar y guarda el teléfono en su bolso, sin esperanzas de recibir más llamadas. Melissa está convencida de renunciar a todas las oportunidades de olvidar su pasado, porque entiende que debe pagar el precio de sus errores.

(B)

Regresa en sí y le da una corta vuelta aérea a las llaves de su nuevo inmueble. Con actitud decidida a no pensar en las cosas que le restan tiempo de vida, Arturo se da una vuelta al puro estilo Michael Jackson para pasear por su casa vacía. Entra a la sala de bienvenida y se quita los zapatos y los calcetines. Da un par de vueltas y se dirige al espacio designado para la cocina, donde aprovecha para lanzar su saco y corbata al piso blanco. Revisa los espacios y se retira al dormitorio, donde mide el espacio perfecto para colocar su cama de agua mientras se saca la camisa y el pantalón, dejando un camino de tela fina. Desnudo, entra a su futuro baño, abre el caño de la bañera y se mira al espejo, su único mueble, para contemplar la soledad de su cuerpo, más vacío que su nuevo hogar.

(A)

Al llegar a Sucre con la Marina, Melissa decide pedirle al taxista que detenga el recorrido y le ofrece pagarle, de todos modos, los quince soles que había prometido. Con pisadas firmes a pesar de los efectos del alcohol, la demacrada mujer decide observar el paisaje de carreteras y edificios sucios como si estuviera frente a una colección de manzanos. Camina quince pasos hacia un restaurante de comida rápida, donde ve al hombre con el cual decidió engañar a su prometido, cenando con una mujer aparentemente más bella. Sin que lo noten, Melissa va desnudando su cuerpo poco a poco hasta quedar vestida solo por su blanca piel. Ante la mirada asombrada de los consumidores y las persignaciones de un grupo de monjas, Melissa se acerca a la feliz pareja y se queda mirándolos como si se viera a ella misma en el pasado.

(B)

Arturo lanza un grito enojado y rompe el espejo de un solo impacto frente a frente. Su reflejo pierde la batalla automáticamente, no sin antes dejar un gran corte sobre su rival inesperado. Al verse coloreado de carmín y con las bañera casi lista, el joven hombre aprovecha lo poco de juventud que le queda para sumergirse en el agua caliente, preguntándose por qué ha sido castigado con tanta soledad. El agua se torna roja a cada segundo que pasa, pero el tiempo es irrelevante en situaciones como esta. Alza la mano y arranca la cortina que cubría la bañera, hace una banda con ella y sella la grieta en su rostro, en búsqueda de frenar el sangrado o de ahorcarse de una vez por todas.

(A)

– A esto hemos llegado. Yo se lo hice a él y ahora tú me lo haces a mí. ¡Yo que renuncié a todo para amarte y tú me reemplazaste a los dos días!
– Mujer, aquí hay dos verdades. Vos engañaste a tu marido y yo era solo tu amante… Yo no sé, aquí la única en una relación formal eras vos, yo estaba de pasada.

Antes de que pudiera responder, un guardia del serenazgo de Pueblo Libre se lanza encima de la mujer y la viste con una colcha gris con diseños de leones blancos. Se la llevan a la fuerza a una camioneta y se dirigen a la comisaría para hacer efectiva la denuncia de una monja de “retirar a esta pecadora de un restaurante tan digno como este y que pague sus errores frente a Dios”. Melissa tiene la oportunidad de olvidarse de sus problemas y lanzarse del auto en un par de movimientos.

(B)

Cobarde ante sus posibilidades, Arturo amarra la cortina a su frente mientras ahoga su llanto entre fuertes bocanadas de aire. El dolor pasará, su cuerpo recuperará su peso original, su cerebro volverá a funcionar como siempre. El corazón le arde y el pecho parece una prisión insoportable, pero sabe que todo es parte de un arduo proceso de limpieza sentimental. Seca sus lágrimas y se prepara para los peores años de su vida, con la única esperanza de saber que nada de lo que está viviendo es eterno y en algún momento su cerebro descartará todo ese amor podrido que lleva en sus ojos.

(A)

Melissa hace un recuento de su vida y no encuentra nada que le impida saltar. Aprovecha un descuido de los guardianes del orden y abre la puerta con su brazo derecho. Acto seguido, rueda de la camioneta sin la colcha, donde encontrará una muerte rápida pero muy dolorosa, aplastada por un camión y dos de los buses que estuvo esperando en el paradero y que nunca aparecieron cuando los quiso.

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Visión espiritual

Llevo muchos años persiguiéndote cuando vas a la playa, esto es aproximadamente el quince de cada mes. Tomo mi bicicleta y me pongo el abrigo negro. Acomodo un paraguas por precaución y salgo, seis y diez de la mañana, a buscarte entre las aceras vacías. No importa qué tan frecuente sea este oficio para mí, siempre tardo más de veinte minutos buscándote. Jugando a seguir las pistas de tus patines lineales, color rosa claro y blanco oscuro. Siempre sin casco, porque la vida nunca te obligaría a usarlo. Cuando te encuentro, dejo de parpadear para no perderte de vista y empezamos la carrera improvisada de hora y media hasta la playa. Sin intervalos, sin maquillaje. Siempre te dejaré ganar, porque si me ves acercarte rompería la tradición.

Esta visita es distinta a las demás. Hemos llegado a la orilla pero te quedaste observando como si las olas te hubieran domesticado. Entiendo que tienes miedo de algo por la posición de tus rodillas y por el modo en el que te aferras a tu cabello, evitando que el viento te haga creer que todo esto es un baile sin ritmo. Te agachas temblorosa para quitarte los patines y no hay nada más sensual que verte tomar con delicadeza las agujetas sucias. De repente todo cambia, el viento se calma y las olas rompen con calma: la playa sabe que ya llegaste y te invitan a pasear tus pies en la arena. Te admiro desde lejos con mis ojos cargados de enamoramiento y me imagino todas las cosas que te diría si pudiera acercarme a ti en este momento íntimo.

Comienza el paseo en la arena, saludas al cangrejo que se esconde cuando no estás mirando y recolectas los granos de arena que brillen más, sin propósito aparente. A mí me gusta pensar que los estás juntando para mí, me parece un precioso regalo de cumpleaños. Repites tus pasos una y otra vez, no te sientas a descansar ni un segundo y tu belleza no le da tregua a mis ojos. Te miro repetir y repetir y creo que he descubierto la única rutina en la historia de la humanidad que no aburre. Monotonía perfecta. Te veo cumplir tu ciclo y llega el desenlace del día. Caminas con pasos tristes hacia el mar amistoso y te sumerges poco a poco hasta desvanecerte, como todos los días. Una vez que ya no estás, me acomodo con mis lágrimas y me pregunto cómo sería nuestra historia si pudieras ser algo más que energía atrapada en la tierra.

Impulsos de morir

A las diez en punto de la noche, Marco siente el primer impulso de morir. La chica de su derecha ronca suavemente, acariciada por la ventana sobre la que apoya sus cabellos negros y se despierta cada cinco minutos para asegurarse que no se ha pasado de paradero. Luego, mira el oscuro cielo miraflorino y cierra nuevamente los ojos. Repetirá la acción en distintos intervalos de tiempo  hasta que se rinda ante una llamada preocupada que le pregunta cómo está, qué va a comer y de qué color es su ropa interior. Esto último es una divertida deducción de Marco, quien también toma su teléfono móvil solo para notar que no tiene nadie a quién llamar y que nadie lo llamará esa noche. Quizás por eso, Marco siente el primer impulso de morir. Acaba de notar que la persona que lo llamaba y que recibía sus llamadas debe estar disfrutando de su juventud con una persona más especial que él. Volver a acostumbrarse a la soledad es algo que atormenta la mente de Marco, no lo deja pensar bien y le da mucha vergüenza sentirse así. Nadie lo sabe, tal vez Marco siente el primer impulso de morir porque está condenado a verse reflejado en la ventana del bus todo el camino.

A las diez y veinte de la noche, la chica de la derecha cambia de posición en su profundo sueño tras un suave salto del bus y ahora apoya su cabeza en el hombro de Marco. Un fino hilo de saliva se asoma entre sus labios secos y recorre el corto camino hacia la chaqueta de Marco, que acaba de notar que llevaba un buen tiempo sin ver a una chica dormir tan cerca de él. Tan tranquila. Marco siente el impulso de tener una pequeña conversación con la dormida, pero eso sería incorrecto debido al contexto y a que ya no están en Miraflores, donde pasan ese tipo de cosas. Con experiencia adquirida de distintos viajes, Marco logra poner en correcta posición a la chica, que logra acomodarse en la ventana nuevamente sin despertarse. Marco recuerda que tiene que trabajar cuando llegue a casa para tener tiempo de hacer otras cosas que no quiere hacer. En realidad, recordar que está atado a un trabajo que detesta porque el mercado no ofrecerá nada mejor por él hace que sienta el segundo impulso de morir. Saber que está regalando su tiempo y su habilidad para escribir a personas que solo ven los números que genera; saber que con todo ese tiempo podría haber fortalecido los lazos de su ya perdida relación hace que su puño se cierre con fuerza y tome la desesperada decisión de golpearse la pierna (acción de la que se arrepentirá en los segundos siguientes). Quizás Marco siente el segundo impulso de morir por todas las decisiones equivocadas que tomó en su corta vida.

A las diez y cincuenta y tres, Marco siente el tercer impulso de morir. La chica de su derecha se dispone a marcharse con la manada de gente en el bus y Marco debe seguir sus pasos. Fuera del gigante gris, Marco mira el cielo de Los Olivos, color morado oscuro, y se pregunta por qué ya no le gusta tanto la noche. Saca nuevamente su celular para revivir el primer impulso de morir por unos instantes, pero recuerda que debe ir a cumplir los deberes que lo llevaron al segundo impulso de morir. Se acomoda la mochila como si hubiera empacado ya el mundo y da una cantidad incierta de pasos hasta tomar el siguiente bus que lo acerca un poco más a su casa. Quizás el hecho de ver tantos carros ir a velocidad asesina, y saber que puede cambiar la rutina de una vez, lo llaman a sentir el tercer impulso de morir. Se arma de valor y emprende una corrida veloz para atravesar la pista entre los buses, justo cuando el semáforo cambia a luz roja, lo cual destruye su oportunidad de volar. Quizás estar aferrado a la tierra, quizás tener que pasar de nuevo por el paso cero del amor, quizás el no poder hablar con la chica de la derecha ni con ninguna chica, quizás el temer a la muerte… Hace que Marco se rinda ante el tercer impulso de morir y se prepare, fiel a su nuevo estilo de vida, para los próximos tres de mañana.

La más asquerosa de todas las cucarachas

Te miraste al espejo
una noche cansada.
Ha pasado el tiempo
y tu amor se ha diluido
como el azúcar de tu café.

Escribir poesía no es lo tuyo,
entenderla mucho menos.
Dibujaste todo el tiempo
a un hombre que era extraño
hasta hace un par de noches.

Recibiste a tu pareja
con ese café amargo que preparas.
Le mentiste con un beso
y preparaste un discurso
que a cualquiera da vergüenza.

Sus caricias son las mismas,
sus problemas no han cambiado.
Nada de eso importa
para una mujer
que ha dejado de sentir.

Derramaste tu café hiriente
sobre el traje desgastado
de un ser arruinado,
acostumbrado al refugio
de tu amor perdido.

Fracasaste como amante
y eso te da vergüenza.
¡Vergüenza debería darte
fingir que el tiempo es solo viento!
Fingir que el tiempo es solo viento.

Pateaste la mesa y te culpaste de todo.
Olvidaste el diccionario y las verdades.
Abrochaste tu abrigo
y con aires de satisfacción
te largaste con tus mentiras.

Significado poético de las palabras: “te extraño”

Cuando encontramos el camino común
éramos dos peces solos y rodeados de anzuelos.
La geografía jugaba en contra,
¿pero quién teme a distancias cuando existe confianza?

Sociología del encuentro.
Antropología del destino.
Filosofía del amor.
Astronomía del presente.

Cuando construimos nuestra carretera,
sostuvimos camiones cargados de problemas.
La avalancha jugaba en contra,
¿pero quién teme al cansancio cuando se tiene unión?

El tiempo juntos.
El trabajo juntos.
El frío juntos.
El futuro juntos.

Cuando comprendimos el amor, las sábanas fusionaron nuestros cuerpos. Los violines llenaron nuestros espacios comunes de motivos por los cuales debíamos depender del otro. Aprendimos a reaccionar a los mismos golpes con la misma sonrisa. Descubrimos una película digna del cine de nuestras conversaciones nocturnas. Olvidamos el valor de las monedas cuando compramos todos los minutos que podíamos pasar juntos. Encontramos el espectáculo más precioso en compartir el mismo gato entre las piernas. Fingíamos cerrar los ojos al besarnos, porque nunca dejamos de mirarnos con el tacto. Nos divertimos al enterarnos que no solo se alimenta el estómago en una cena romántica. Nos perdimos entre los viajes espaciales de nuestros encuentros fugaces.

Tomados de la mano
caminamos entre campos de seda.
No sé en qué momento
escapaste de mis brazos.

Despierto

-Ven, te contaré un sueño:

El color del cielo me insinuaba que era noviembre. Si me preguntas el día preciso, me atrevería a decir que fue un seis. Ahí estoy yo, mirando muy de cerca a una bella mujer. Estábamos rodeados de paredes azules y oscuridad cómoda. No sabía por qué, pero mi respiración se aceleraba con los segundos, me costaba actuar, estaba congelado encima de esta curiosa persona. No conocía sus intenciones, pero me atreví a levantar mi mano derecha para recorrer todos los cabellos que pude. No hubo reacción negativa, su mirada estaba perdida entre una almohada y mis temores. Nada especial estaba ocurriendo, pero yo sentía que ese momento es de aquellos que uno atesora para siempre. Noto el suave movimiento de su cabeza y ahora sus ojos están clavados en los míos, el cruce es tan inevitable como el primer beso. No quiero saber cómo llegué aquí, estoy feliz por sentir que se están llenando los vacíos de mi alma, es una sensación llena de colores y armonía. Vuelvo en mí, pero no sé lo que estoy haciendo. Me ofrezco a acompañar a la dama hasta su hogar, ella acepta sin dudarlo. Nos encerramos en un gran bus y nos sentamos sin cruzar palabras. Las carreteras se vuelven amistosas y todas las canciones que conozco hacen cola en mi cerebro para ser escuchadas. Sigo perdido en un beso lleno de amor. Lleno de verdad y eternidad. De rato en rato, volteamos a vernos, sonreímos y seguimos disfrutando del camino. De pronto, indico a la dama que es hora de abandonar el bus como si fuera nuestra rutina. Ella está de acuerdo y salimos a caminar. Sincronizamos pasos, prestamos atención a cada detalle que nos rodea, todo está en su lugar y eso nos encanta. Nos encanta que estemos cada uno en el lugar que merecemos. Cruzamos pistas sin cuidado, ignoramos a los extraños y solo nos distraemos para mirar a los perros que se cruzan de vez en cuando. En una de las tantas esquinas, mi acompañante me indica que debo detenerme y mi corazón se acelera. Yo no entiendo nada, pero sé que todo está bien. Ella me abraza, me da un beso rápido y me dice que está lista. Me acepta. Mi confusión empieza a disiparse y me lleno de entusiasmo.

– ¿Qué pasa después?
– No lo sé. Pero ahora que estoy despierto, creo que nada de eso importa.
– ¿Por qué?
– Porque al final de toda esta magia, de toda la alegría que sentí, sigo solo. He regresado al momento previo del sueño, nada ha cambiado. Bueno, algo ha cambiado… Ahora sé cómo se siente la felicidad, sé cómo se siente no tenerla. Es una pena, pero al final, lo bello es un sueño. Todo sueño es efímero.
– ¿Moriremos solos?
– Quizás, quizás…

El presente que causaste

Todo nos ha salido bien.

Cuento cuatro pasos a la cocina desde mi posición. Sales humeante de la ducha con tu cuerpo tejido para mí a la perfección, con unas cuantas gotas suaves aún cayendo por tus mejillas. No te he visto salir pero lo sé, porque lo nuestro es de dos seres que se encontraron en otro escenario. Otro cuento. Conozco cada detalle de tu andar porque así te describes cada mañana, con el sol suave en tus cabellos tan oscuros como preciosos. Lucho para olvidarme un poco de todo lo que eres para evitar que se escape el café de la primera taza que sirvo. Vierto el líquido con la precisión que merece una ocasión que nos junta a los dos en un mismo espacio, como en una caja de sueños que solo es posible en el encuentro de nuestros espíritus dependientes. Sé que me espera tu mirada en la mesa y apresuro con finura el alegre rellenar de la segunda taza, concentrado en el armonioso sonido del choque líquido de mi amor en la porcelana. El instante se hace eterno entre la cafetera y la taza, entre nosotros y el tan merecido encuentro. El placer es todo nuestro.

Escucho tu risa y sé que todo nos ha salido bien. Busco un motivo para amarrarme al piso de madera, pero no existe un solo motivo por el cual no deberíamos estar en las nubes. El aroma del café se mezcla con el de tu dulce jabón y el ambiente sufre una transformación química impecable. Mis sentidos se agudizan y puedo saborear las palabras que cruzaremos en el cercano futuro, puedo hasta sentir el tacto de tus manos cariñosas cuando pasean sobre mis mejillas secas y me proyecto al instante en el cual tu sonrisa me recuerde el motivo por el cual nunca perderemos las ganas de vivir. Nuestro cercano encuentro tendrá más amor que la primera vez que nos encontramos, como por necesidades más allá de lo comprensible.

Cierro las cortinas que veo frente a mí, en una búsqueda desesperada por hacer este momento más nuestro. Deslizo la yema de mis dedos por el contorno de nuestras tazas para asegurarme que el calor de las bebidas goce de la temperatura adecuada para nuestro calor. Recito poesías en mi mente para preparar mi vocabulario y llenarte de los elogios que te ganaste con solo nacer. Invento fórmulas matemáticas que me permitan calcular la proporción de amor que albergaremos antes de perdernos en el desenfrenado encuentro de nuestras pieles. Preparo el ritmo de los latidos de mi corazón para que la música que creamos los dos jamás pueda ser repetida. Un verdadero tango para dos. Al compás de nuestra noche, solo nuestra.

Aplico delicada firmeza en mis brazos y tomo la bandeja de plata con mis manos impacientes. Veo el café balancearse y siento que esto es todo lo que necesitaba para vivir. El amor que siento escala por encima de todo lo comprensible y avanzo sobre nuestras nubes metafísicas. Cada vez más cerca de cumplir el sueño de encontrarnos como todos los sábados, cada vez más lejos del miedo de envejecer sin haberte amado lo suficiente. Porque sé que eres la compañía que fue diseñada para este dichoso cuerpo. Dichoso de tener una mitad simétrica. Dichoso de tenerte a ti en cada torpe respiración mía.

Cuento cuatro pasos fuera de la cocina desde mi posición. Salgo empapado en lágrimas con la razón entre los pies y con los brazos desgastados por cargar el peso de tu partida por tantas horas, sobre una bandeja de plata. La agonía de estar solo invade las tazas vacías donde solíamos compartir un café dulce. El tuyo con un poco menos de azúcar que el mío. Porque tú ya tenías bastante de dulce y yo me empalagaba de solo escucharte pronunciar el amor en mi nombre. Mis mejillas se están descomponiendo por la ausencia de tus caricias. Mis ojos se están apagando porque ya no hay nada que ver, desde que me dejaste triste en algún rincón de tus recuerdos. Golpeo mil veces las paredes de mi alma para saber hasta qué momento estará todo muerto dentro de mí. Para tratar de encontrar el momento en el que todo dejó de salir bien. El instante maldito en el cual la eternidad se volvió una promesa infantil y el café una excusa inútil para hacer el amor.