El presente que causaste

Todo nos ha salido bien.

Cuento cuatro pasos a la cocina desde mi posición. Sales humeante de la ducha con tu cuerpo tejido para mí a la perfección, con unas cuantas gotas suaves aún cayendo por tus mejillas. No te he visto salir pero lo sé, porque lo nuestro es de dos seres que se encontraron en otro escenario. Otro cuento. Conozco cada detalle de tu andar porque así te describes cada mañana, con el sol suave en tus cabellos tan oscuros como preciosos. Lucho para olvidarme un poco de todo lo que eres para evitar que se escape el café de la primera taza que sirvo. Vierto el líquido con la precisión que merece una ocasión que nos junta a los dos en un mismo espacio, como en una caja de sueños que solo es posible en el encuentro de nuestros espíritus dependientes. Sé que me espera tu mirada en la mesa y apresuro con finura el alegre rellenar de la segunda taza, concentrado en el armonioso sonido del choque líquido de mi amor en la porcelana. El instante se hace eterno entre la cafetera y la taza, entre nosotros y el tan merecido encuentro. El placer es todo nuestro.

Escucho tu risa y sé que todo nos ha salido bien. Busco un motivo para amarrarme al piso de madera, pero no existe un solo motivo por el cual no deberíamos estar en las nubes. El aroma del café se mezcla con el de tu dulce jabón y el ambiente sufre una transformación química impecable. Mis sentidos se agudizan y puedo saborear las palabras que cruzaremos en el cercano futuro, puedo hasta sentir el tacto de tus manos cariñosas cuando pasean sobre mis mejillas secas y me proyecto al instante en el cual tu sonrisa me recuerde el motivo por el cual nunca perderemos las ganas de vivir. Nuestro cercano encuentro tendrá más amor que la primera vez que nos encontramos, como por necesidades más allá de lo comprensible.

Cierro las cortinas que veo frente a mí, en una búsqueda desesperada por hacer este momento más nuestro. Deslizo la yema de mis dedos por el contorno de nuestras tazas para asegurarme que el calor de las bebidas goce de la temperatura adecuada para nuestro calor. Recito poesías en mi mente para preparar mi vocabulario y llenarte de los elogios que te ganaste con solo nacer. Invento fórmulas matemáticas que me permitan calcular la proporción de amor que albergaremos antes de perdernos en el desenfrenado encuentro de nuestras pieles. Preparo el ritmo de los latidos de mi corazón para que la música que creamos los dos jamás pueda ser repetida. Un verdadero tango para dos. Al compás de nuestra noche, solo nuestra.

Aplico delicada firmeza en mis brazos y tomo la bandeja de plata con mis manos impacientes. Veo el café balancearse y siento que esto es todo lo que necesitaba para vivir. El amor que siento escala por encima de todo lo comprensible y avanzo sobre nuestras nubes metafísicas. Cada vez más cerca de cumplir el sueño de encontrarnos como todos los sábados, cada vez más lejos del miedo de envejecer sin haberte amado lo suficiente. Porque sé que eres la compañía que fue diseñada para este dichoso cuerpo. Dichoso de tener una mitad simétrica. Dichoso de tenerte a ti en cada torpe respiración mía.

Cuento cuatro pasos fuera de la cocina desde mi posición. Salgo empapado en lágrimas con la razón entre los pies y con los brazos desgastados por cargar el peso de tu partida por tantas horas, sobre una bandeja de plata. La agonía de estar solo invade las tazas vacías donde solíamos compartir un café dulce. El tuyo con un poco menos de azúcar que el mío. Porque tú ya tenías bastante de dulce y yo me empalagaba de solo escucharte pronunciar el amor en mi nombre. Mis mejillas se están descomponiendo por la ausencia de tus caricias. Mis ojos se están apagando porque ya no hay nada que ver, desde que me dejaste triste en algún rincón de tus recuerdos. Golpeo mil veces las paredes de mi alma para saber hasta qué momento estará todo muerto dentro de mí. Para tratar de encontrar el momento en el que todo dejó de salir bien. El instante maldito en el cual la eternidad se volvió una promesa infantil y el café una excusa inútil para hacer el amor.

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