Impulsos de morir

A las diez en punto de la noche, Marco siente el primer impulso de morir. La chica de su derecha ronca suavemente, acariciada por la ventana sobre la que apoya sus cabellos negros y se despierta cada cinco minutos para asegurarse que no se ha pasado de paradero. Luego, mira el oscuro cielo miraflorino y cierra nuevamente los ojos. Repetirá la acción en distintos intervalos de tiempo  hasta que se rinda ante una llamada preocupada que le pregunta cómo está, qué va a comer y de qué color es su ropa interior. Esto último es una divertida deducción de Marco, quien también toma su teléfono móvil solo para notar que no tiene nadie a quién llamar y que nadie lo llamará esa noche. Quizás por eso, Marco siente el primer impulso de morir. Acaba de notar que la persona que lo llamaba y que recibía sus llamadas debe estar disfrutando de su juventud con una persona más especial que él. Volver a acostumbrarse a la soledad es algo que atormenta la mente de Marco, no lo deja pensar bien y le da mucha vergüenza sentirse así. Nadie lo sabe, tal vez Marco siente el primer impulso de morir porque está condenado a verse reflejado en la ventana del bus todo el camino.

A las diez y veinte de la noche, la chica de la derecha cambia de posición en su profundo sueño tras un suave salto del bus y ahora apoya su cabeza en el hombro de Marco. Un fino hilo de saliva se asoma entre sus labios secos y recorre el corto camino hacia la chaqueta de Marco, que acaba de notar que llevaba un buen tiempo sin ver a una chica dormir tan cerca de él. Tan tranquila. Marco siente el impulso de tener una pequeña conversación con la dormida, pero eso sería incorrecto debido al contexto y a que ya no están en Miraflores, donde pasan ese tipo de cosas. Con experiencia adquirida de distintos viajes, Marco logra poner en correcta posición a la chica, que logra acomodarse en la ventana nuevamente sin despertarse. Marco recuerda que tiene que trabajar cuando llegue a casa para tener tiempo de hacer otras cosas que no quiere hacer. En realidad, recordar que está atado a un trabajo que detesta porque el mercado no ofrecerá nada mejor por él hace que sienta el segundo impulso de morir. Saber que está regalando su tiempo y su habilidad para escribir a personas que solo ven los números que genera; saber que con todo ese tiempo podría haber fortalecido los lazos de su ya perdida relación hace que su puño se cierre con fuerza y tome la desesperada decisión de golpearse la pierna (acción de la que se arrepentirá en los segundos siguientes). Quizás Marco siente el segundo impulso de morir por todas las decisiones equivocadas que tomó en su corta vida.

A las diez y cincuenta y tres, Marco siente el tercer impulso de morir. La chica de su derecha se dispone a marcharse con la manada de gente en el bus y Marco debe seguir sus pasos. Fuera del gigante gris, Marco mira el cielo de Los Olivos, color morado oscuro, y se pregunta por qué ya no le gusta tanto la noche. Saca nuevamente su celular para revivir el primer impulso de morir por unos instantes, pero recuerda que debe ir a cumplir los deberes que lo llevaron al segundo impulso de morir. Se acomoda la mochila como si hubiera empacado ya el mundo y da una cantidad incierta de pasos hasta tomar el siguiente bus que lo acerca un poco más a su casa. Quizás el hecho de ver tantos carros ir a velocidad asesina, y saber que puede cambiar la rutina de una vez, lo llaman a sentir el tercer impulso de morir. Se arma de valor y emprende una corrida veloz para atravesar la pista entre los buses, justo cuando el semáforo cambia a luz roja, lo cual destruye su oportunidad de volar. Quizás estar aferrado a la tierra, quizás tener que pasar de nuevo por el paso cero del amor, quizás el no poder hablar con la chica de la derecha ni con ninguna chica, quizás el temer a la muerte… Hace que Marco se rinda ante el tercer impulso de morir y se prepare, fiel a su nuevo estilo de vida, para los próximos tres de mañana.

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