Visión espiritual

Llevo muchos años persiguiéndote cuando vas a la playa, esto es aproximadamente el quince de cada mes. Tomo mi bicicleta y me pongo el abrigo negro. Acomodo un paraguas por precaución y salgo, seis y diez de la mañana, a buscarte entre las aceras vacías. No importa qué tan frecuente sea este oficio para mí, siempre tardo más de veinte minutos buscándote. Jugando a seguir las pistas de tus patines lineales, color rosa claro y blanco oscuro. Siempre sin casco, porque la vida nunca te obligaría a usarlo. Cuando te encuentro, dejo de parpadear para no perderte de vista y empezamos la carrera improvisada de hora y media hasta la playa. Sin intervalos, sin maquillaje. Siempre te dejaré ganar, porque si me ves acercarte rompería la tradición.

Esta visita es distinta a las demás. Hemos llegado a la orilla pero te quedaste observando como si las olas te hubieran domesticado. Entiendo que tienes miedo de algo por la posición de tus rodillas y por el modo en el que te aferras a tu cabello, evitando que el viento te haga creer que todo esto es un baile sin ritmo. Te agachas temblorosa para quitarte los patines y no hay nada más sensual que verte tomar con delicadeza las agujetas sucias. De repente todo cambia, el viento se calma y las olas rompen con calma: la playa sabe que ya llegaste y te invitan a pasear tus pies en la arena. Te admiro desde lejos con mis ojos cargados de enamoramiento y me imagino todas las cosas que te diría si pudiera acercarme a ti en este momento íntimo.

Comienza el paseo en la arena, saludas al cangrejo que se esconde cuando no estás mirando y recolectas los granos de arena que brillen más, sin propósito aparente. A mí me gusta pensar que los estás juntando para mí, me parece un precioso regalo de cumpleaños. Repites tus pasos una y otra vez, no te sientas a descansar ni un segundo y tu belleza no le da tregua a mis ojos. Te miro repetir y repetir y creo que he descubierto la única rutina en la historia de la humanidad que no aburre. Monotonía perfecta. Te veo cumplir tu ciclo y llega el desenlace del día. Caminas con pasos tristes hacia el mar amistoso y te sumerges poco a poco hasta desvanecerte, como todos los días. Una vez que ya no estás, me acomodo con mis lágrimas y me pregunto cómo sería nuestra historia si pudieras ser algo más que energía atrapada en la tierra.

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