Perfume de almohada

Algodón de azúcar,
palabra suave de diccionario.
Eres canción que pronuncian
labios que no son míos
y que te hacen el amor
donde no llegan
ya mis ojos.

Caricia de viento,
ave vigilante del atardecer.
Soy una bestia que se sienta
sobre tablas congeladas
y que mira por la ventana
donde solía brillar
tu azul estrella.

Poema de cristal,
agradable perfume de almohada.
Fuimos fragancia de canciones
escritas entre besos
y que existió en mi habitación
donde la soledad
no era de este mundo.

Una derrota más

Cuando decidí enamorarme, acepté todas las actitudes raras -en mí- que eso traería. Cortejar, divertir, afeitarme de vez en cuando, trabajar tan bien como pueda para tener algo bueno que contar, mejorar al escribir para que cuando me leas, digas: yo quiero salir con un chico así. La verdad es que soy muy flojo, pero creo que lo hice bien. Mejoré más de lo que creía, solo para ser la mejor opción de todas las que tenías a la mano y cumplí con todas las promesas que hice. Incluso las que involucraban los largos plazos que no son de esta generación. Me miro al espejo de vez en cuando y me digo a mí mismo que sí, que hice las cosas como se debían hacer y que todo lo demás escapa de mi control. Quizás amarrado a defectos de mi cuerpo, de la personalidad con la que crece un niño de veinte años o a los efectos de otra persona.

Hoy encontré muchos de los textos que escribí para ti, antes de que tu amor cambiara de cuerpo. Decidí alejarme de todo lo que tenía y que me recordara a ti, pero hay tanta historia entre mis cosas que a veces es inevitable el reencuentro. Terminaré de escribir la carta que nunca te di, solo para cerrar los agujeros de mi cerebro, aunque para esos días ya me habías dicho que no escribo tan bien como antes (a veces te creo). Para ti, que encontraste un amor tan perfecto que pudo desplazarme sin dejarme opciones y que ya no sufres leyéndome, hablando conmigo, ni besándome:

Somos dos existencias en un mundo gigante.

Somos dos existencias que pudieron surgir en tiempos distintos o en cuerpos distantes, somos acumulación de energía que pudo ser parte del sol o del viento. Sin embargo, somos dos humanos, hijos de Lima y de los años noventa. Quizás fuimos seres lejanos, pero algo nos ha hecho pisar el mismo suelo y ahora nos miramos fijamente. En tus ojos, compartes la sabiduría de un mundo extraño. Un mundo capaz de absorber el tiempo, si no fuera por la capacidad de tu sonrisa para cerrar el círculo. Por eso, cuando sonríes y me miras, todavía puedo pensar en estas cosas. En que estamos aquí, los dos, frente a frente, diseñados para encajar perfectamente en el espacio que se ha creado bajo nuestros pies. Somos la tierra y el cielo, somos un número que no existe, que no se puede dividir y que no se puede dibujar. Un número que solo entienden nuestras manos, cuando le tratan de dar forma en un juguetón entrelazar de los dedos.

Quizás somos más que dos existencias en un mundo gigante.

Quizás somos las palabras que le dan significado al amor, quizás somos un poema de las nubes, que se desvanece en el viento y que vuelve a formarse, cada vez más extenso y viajero. O, tal vez, somos el cuento que he tratado de escribir toda mi vida, la historia que se puede leer en cualquier idioma y en cualquier dirección, pero que nunca pierde el inicio, el nudo, ni el desenlace. O, tal vez, somos el mapa que no marca la ubicación de un tesoro, sino que muestra todos los tesoros sobre los que caminan los hombres sin siquiera notar que están ahí. Ahora que estamos frente a frente, mirándonos, tomándonos de las manos, siento que no puedo entender lo que somos con este cuerpo mortal. Pero esto no me preocupa, porque juntos podemos ser el contenedor de todo lo que somos. Juntos podríamos ser la familia que dibujamos de niños. Juntos podríamos materializar los sueños que nos unen y descubrir el significado de la verdad. Es por este instante, durante este juego de miradas y de palabras insonoras, que puedo ver el futuro infinito que nos transforma en un solo ser.