El final insólito de la primera lucha del mes

No eres el poema que escribí ayer y tampoco eres la tarde de hoy.
No eres el perfume de mi almohada y no eres la canción que está sonando.
Tal vez eres el agua cristalina que acaricia mis mejillas al despertar.
No eres la cuerda que se rompió en mi guitarra y no deseo que seas nada de aquí.

No eres la piel que me envuelve y no eres la luz que se quemó en mi sala de lectura.
Pero eres la pintura que se desgarra con el pasar de los segundos y, sin embargo,
no eres la sombra que dibujan las persianas al caer el amanecer.
No eres el hoyo en mi zapato; definitivamente no eres el despertador de los martes.

Aunque eres el recuerdo de los últimos rayos de sol que broncearon mis enojos,
no eres el espacio que da forma a mis sueños. Es decir,
no eres el motivo por el que me alejo del descanso y por el que sufro cuando
no eres tú quien hace brillar mis ojos con sus abrazos.

No eres la primera voz de los vientos del norte.
No eres la sal que da peso a mis lágrimas.
No eres todo lo que necesito para vivir y por desgracia
eres todo lo que me ataba a este lugar.

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Desechar, olvidar y engañar

Al cumplir doce años, Oliver sube a la camioneta de sus amos y se dispone a mirar por la ventana mientras siente el suave arrancar del motor. El tiempo ha pasado lentamente, la ciudad ha sido un buen lugar para pasear por las noches y él agradece eso.

Setenta kilómetros por hora. Los carteles anuncian que Miraflores ha quedado distante y los faros se encienden con el desvanecimiento leve del sol. Quizá eso es lo que le gusta a Oliver de la ciudad, eso de jamás ser rodeado por la oscuridad, eso de mear por las calles entre luces cálidas y gente despreocupada. El concreto casi ni se siente y el vehículo ha llegado a los noventa kilómetros por hora. Un suave sollozo se escucha en la parte delantera del auto y esto apena al viejo Olvier, que ahora solo piensa en que ha pasado una hora sin recibir caricias y que su casa está ya muy lejos de él.

Finalmente, la bestia motorizada frena al lado de un parque descuidado. El conductor se libera de las ataduras y desciende del vehículo. Abre una puerta, la cierra. Abre otra puerta, la puerta de Oliver, “baja muchacho, ya no podemos estar juntos”. Oliver es un perro viejo y sabe exactamente lo que está pasando, pero no le gusta la idea. Pestañea un par de veces tratando de imaginar que aún le queda mucha vida, que este día no debería llegar aún, pero es imposible. “Vamos, muchacho, esto es mejor que lo del veterinario”. Sí, quizá esto es mejor que forzar las cosas. Las patas le tiemblan y el cuerpo le pesa, pero Oliver ama a sus dueños, los ama demasiado como para verlos sufrir un instante más por culpa suya, por culpa de sus doce años que parecen trece, catorce, quince. Una relamida en el hocico y dos intentos de impulso son suficientes para que Oliver descienda de la camioneta y se despida de su querido compañero con treinta segundos de mirada fija. Recibe la última caricia y observa cómo se aleja velozmente el coloso sobre ruedas.

“Buen muchacho, Oliver, buen muchacho”.

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“¿Mamá? ¿Mamá dónde estás? Mamá, estoy en la sección de llantas, al costado de la comida de gatos. Cuando recibas este mensaje, ven a recogerme. Cambio y fuera”. Después de enviar su mensaje telepático, Juan se sienta a esperar a su madre mientras se arrepiente del momento en el cual soltó su mano para atrapar el balón amarillo que tanto deseaba. “Estúpido balón, todo es tu culpa, ¡ya no te quiero!” se lamenta el pequeño, mientras cuenta los segundos hasta que la recepción mejore y su madre pueda captar el mensaje.

Al llegar el segundo noventa y setenta uno, la impecable habilidad de Juan para contar se desvanece; nunca había tenido que contar tantos números y jamás pensó que tendría que abrir y cerrar las manos tantas veces para llegar a tamaña cifra. Juan intentó enviar un mensaje más a su madre, pero la señal todavía no funcionaba, ¿será culpa del centro comercial? Quién sabe, lo único importante ahora es aferrarse al balón amarillo y esperar. De nada sirve volver a contar los segundos ahora que ha perdido la cuenta. Tampoco sirve de nada moverse de ahí: cuando el mensaje llegue a mamá, ella irá corriendo al punto de encuentro y todo será peor  si no lo encuentra.

El tiempo desinfla lentamente el balón amarillo y el niño se aburre de ver tantas madres que no son suyas pasar frente a sus ojos. Una niña lo mira y se preocupa, pero se distrae al instante persiguiendo a su madre. “Rayos, ¡por qué no hice eso!”. Juan siente el delicado descenso de una lágrima por su mejilla, pero se contiene al instante, porque mamá dice que está prohibido llorar en Metro.

El número de personas disminuye y un rugido estomacal advierte a Juan que mamá no va a recibir el mensaje. Hoy también tendrá que caminar a casa.

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Claudia ha pactado reunirse con su novio dentro de una hora en Plaza San Miguel. Lo recuerda mientras cierra la llave de la ducha y toma una toalla para retirar las partículas de agua que han quedado impregnadas en su suave piel. Corre la cortina y pone el pie izquierdo dentro de su sandalia rosada; repite el procedimiento con el pie derecho y sale de la ducha. Unos pasos después, se para frente al espejo para observar su belleza por unos instantes: sus rodillas rosadas, el lunar en su vientre, sus pechos simétricos y sus pestañas curvas. Su reflejo hace un cuadro perfecto y ella lo sabe, por ello decide perder un par de minutos más admirando aquella obra de arte. Pero el reloj anuncia que se acerca la hora de salida y Claudia ha prometido no volver a faltar a su encuentro.

En un santiamén, Claudia decide la combinación de colores que usará esta tarde y se viste empezando por los pies. Con finas telas de lana, va cubriendo los distintos sectores de su cuerpo, ansiosa por verse nuevamente en el espejo para admirar su selección de prendas. Al finalizar, trota con prisa al encuentro con la secadora, que absorbe diez minutos de su tiempo, el cual aprovecha para admirar su semblante en el dichoso espejo que le conversa todos los días. El secador emite sus últimos soplidos, Claudia peina su extensa y oscura cabellera y ata un moño que anuncia el momento de partir.

La joven se dispone a salir cuando suena su teléfono celular. “Clau, ¿hoy vas a encontrarte con el tipo ese? Si no tienes planes, te espero en mi casa. Un beso”. Endemoniada por el vicio de la infidelidad, Claudia voltea hacia el espejo por última vez y le confiesa en silencio: “Parece que tu novio tendrá que esperar una noche más”.