El cuento más horrible del mundo

Escucho algo que parece un grito de auxilio y de alivio. El grito se transforma en la succión de una gran bocanada de aire y luego burbujas bajo el agua. Todo se ve azul y oscuro, pero ya no escucho el grito, solo burbujas. Mirar me cuesta y cierro los ojos tratando de comprender de dónde salió el grito, por qué me cuesta ver, por qué he dejado de respirar. Segundos después, la escena inicial se repite y escucho el lamentable sonido de quien estuvo a punto de morir ahogado. Siento el cuerpo cubierto de agua y luego todo está frío, una voz profunda y muy masculina me grita que no me quiere volver a ver en su vida y que más me vale entender con esta advertencia, porque no habrán más. Boca arriba, comprendo que los gritos y las respiraciones exageradas no eran de nadie más que mías. Incapaz de levantarme, juego a escribir palabras con los puntos rojos que veo como estrellas que giran, pero me aburren al rato; las únicas palabras que logro formar son “porquería” y “suciedad”. Estoy rodeado de agua, pero el recuerdo de llevar dos o tres días sin bañarme me acecha. Quizá podría ir a casa y enmendar el error, quizá podría quedarme aquí hasta que venga algún policía y me diga levántate, porquería. Prefiero no repetir la rutina, o eso creo, así que me levanto. Rafael, Alejandro, José, no sé cuál es mi nombre y no tengo identificación. No sé si me gusta la ropa negra o la blanca, pero ninguna de las dos me visten el día de hoy. Muero de frío, soy friolento cada vez que viene Rafael, Alejandro o José para golpearme durante media hora en el estómago, en la cara, en el corazón. No sé cómo se llama él ni yo, pero los golpes los conozco muy bien, los intentos de ahogarme también. Sin embargo, no puedo vivir lejos de la piscina municipal, me gusta venir y soñar que me encuentro con Claudia, Sabrina o Almendra: no sé cómo se llama ella, pero sé que, si existe, le gusta nadar tanto como a mí. Dudo que le gusten los golpes de Rafael, pero definitivamente le tengo que gustar yo. O Alejandro. O José. ¡Levántate, porquería! Me grita un guardián del orden, me veo los pies y nunca me levanté, quizá por eso lloro. Volteo la porquería que me viste y empujo los brazos que hace horas se desplazaban sobre el agua con toda la fuerza que me queda. Escupo agua o sangre y ahora sí me levanto con el esfuerzo sobrehumano que supone moverse por la vida siendo Rafael, Alejandro, José o quien quiera que sea el día de hoy.

¿A qué le tengo miedo? La vida me trató bien cuando pudo hacerlo, disfruté de mucho dinero, de un gran trabajo y de la compañía de Claudia (¿o se llamaba Sabrina? Yo creo que era Almendra), mi alma gemela, mi amor platónico y verdadero. La vida me trató bien, mi casa estaba en Miraflores y mi nombre lo sabía el diario El Comercio, la revista Caretas, la vecina del costado y sobre todo: yo. ¿A qué le tuve miedo? Ya nada existe, ya nadie sabe cómo me llamo, solo sé que todos los días a las seis de la tarde me darán ganas de ir a nadar y a golpe de siete seré golpeado, ahogado, ignorado, olvidado. Escucharé un clásico ¡levántate, porquería! y reviviré para arrastrarme hasta el antro en el que vivo ahora, en la soledad más iluminada posible para no golpearme con la esquina de la mesa mientras deambulo por las noches, preguntándome ¿qué me da tanto miedo? No me quiero morir, pero algo me está quitando la vida. Yo sé que las respuestas están en el cajón, ahí donde guardé mis documentos, mis fotos, mis cartas de recomendación y mis cuentos viejos. Todos los cuentos son brillantes, obras de arte capaces de imbuir al lector los sentimientos plasmados en cada palabra, pero hay uno que no está completo y a él es a quien temo regresar. A él le tengo miedo. Debería haber matado al personaje cuando tuve la oportunidad, pero lo dejé seguir su historia. Primero vivió dos páginas y ahí pensaba dejarlo, luego viajó y fueron diez, ochenta, doscientas páginas. Me emborraché de él, me convertí en él, setecientas páginas, le puse de nombre Rafael pero no le bastó, a las mil páginas se transformó en algo que más parecía un Alejandro o un José. Me aterró el monstruo y huí de él, lo amenacé con quemarlo pero lo amaba tanto que decidí esconderlo de todo lo que soy. Sin embargo me persigue y me golpea y me ahoga y me grita que me levante porque soy una porquería. Me miro al espejo y me digo ¡PORQUERÍA! ¡PORQUERÍA! Eso es todo lo que veo, porquerías. Claudia me dijo que soy una porquería, Sabrina me dijo que soy una porquería, Almendra me dijo que soy una porquería. Quiero llorar, pero bajo el agua no siento las lágrimas, no sé si estoy llorando pero todo lo que veo es azul, alguien me saca del agua y luego me sumerge. Alguien me grita que no me quiere volver a ver y nuevamente estoy tirado, tiritando, sollozando. Levántate, Rafael, me dice Claudia con dulzura y son las seis de la mañana. Tengo que ir a trabajar en una hora. Mi cuerpo está liviano como una pluma, no tengo más moretones ni ojeras y el cajón ya no existe. Quiero vivir, digo susurrando. Quiero vivir, no quiero morir ahogado, por favor, le ruego a Rafael y él me patea una vez más. Escupo agua o sangre o lo poco que me queda de esperanza y me dice que no existo, que merezco la muerte pero no en sus manos y me deja vivir. Me lanza lejos del agua y me quedo mirando las estrellas que se forman en mis ojos para jugar a conectarlas y hacer palabras, pero ahora lo único que logro formar es: porquería.

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