Admito que no lo sé

Siento que no me quiero ir de aquí:

En la estabilidad, sentí la tranquilidad de quien se deja llevar por mensajes simples y promesas con futuro cercano. Sin temor a la incertidumbre. Los problemas se resolvían frente a mí con movimientos simples, un movimiento suave de la palma de mi mano sobre tu larga cabellera oscura o un levantar vanidoso de las tarjetas de un banco, próximo a descender sobre la maquinita gris que me decía que no me preocupe, que el pago había sido recibido. Todo lo pagaba con movimientos simples y todo se resolvía ahí, frente a mí. Mis párpados me dejaban descansar tranquilo: los problemas no se discuten en la mesa ni en la cama.

Sin embargo, sentía que tendría que irme de aquí:

Todo sale bien. Todo siempre me salía bien. Los poemas que escribía tenían personajes definidos y las sombras de las personas no eran masas oscuras y acosadoras. Todas eran sombras y ninguna de ellas tenía que preocuparme pues pertenecían al concreto y yo era del agua o del aire o de ambos si me iba a la playa o me bañaba en una tina grande y rosada. El agua caliente hace feliz a la gente con frío y yo siempre he amado el frío. Yo siempre encontraba calor en el frío, ¿por qué no iba a hacerlo? A veces el calor estaba en un par de pasos hacia la cochera, donde mi bicicleta me llevaba a la tranquilidad de un día que terminaría bien aunque se niegue a hacerlo. También podía estar en un viajecito de una hora en bus, que feliz tomaba a través de muchas caras tristes en Lima que yo no podía notar porque así éramos los felices: capaces de transformar todo el dolor en algo inexistente.

Pero se abrió la puerta y me fui:

Sin pelear, sin discutir, sin la capacidad de salir del agachar de cabeza, del sostener la cabeza con las manos, del temblor en la cabeza, del temblor que se pasea por la columna vertebral, que te abraza a veces el corazón y te hace sentir algo próximo a la muerte, que con los mismos brincos llega al estómago y te hace vomitar en silencio o simplemente te quita el hambre y el humor, que se arrastra como serpiente enojada hasta las piernas y te las muerde sin clemencia alguna y te tumba al suelo con cuidado de no matarte para verte sufrir ahí, con el temblor, retorcido e indefenso hasta que tus ojos también tiemblan y lagrimean. Y ahí tirado, tu voz también tiembla y repite y repite y repite: ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué no puedo pelear?

Cuando digo que me fui:

Renuncié. Renuncié a todo lo que alguna vez comprendí como tranquilidad; vi la puerta cerrarse. Los problemas ya no los pude solucionar, las distracciones ya no las pude pagar, las ganas de salir las perdí y el resto lo vi arder en un fuego rojo y negro. Las sombras, todas ellas se volvieron yo. El agua y el viento jamás se volvieron a mezclar conmigo, ni en la playa ni en la bañera. La música que escuchaba cambió, ya no quise cantar ni mostrarme en la calle. El viento arañó mi piel por primera vez y el frío no se pudo volver a combatir. Lima se volvió triste y horrible o yo me volví paranoico, pero Lima no me abandonó y en Lima sigo. Veo el pasar de los aviones, los siento volar sobre mí todos los días y no puedo evitar el deseo de volver a salir, de querer abandonar el dolor así como abandoné la felicidad, pero no me puedo ir. Las maletas se hacen y se deshacen todos los días, pero no me voy. Quizá por esperanza o por miedo a que regrese el temblor, no lo sé: no lo sé.

Pero me quedo porque me fui
cuando no debía irme.

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