Isabel no se enamora gratis

Regresaba de recoger mi maletín cuando se cruzó en mi camino. Llevaba puesto un vestido corto y color blanco, con escotes marcados que no la protegían del frío que pasa silbando a las seis de la mañana. Aquella vez yo vestía un suéter verde oscuro, que me permitía sentir la humedad del viento, mas no me hacía temblar al  darle la bienvenida mi piel; traía unos jeans y todo parecía resaltar el maletín. De hecho, cuando bajé del bus, creo que lo primero que ella vio fue aquel bulto oscuro y lujoso en mis manos. Me paré a su costado para esperar al semáforo y sentí sus ojos perseguir el maletín y luego mis bolsillos. Paseó por mis zapatos viejos sin darles mayor importancia y brincó del suéter a mi rostro y yo aproveché para mirarla. Las descripciones están de más, ella era atractiva y yo no suelo admitir esas cosas. Mis ojos no son aventureros y me estanqué en su mirada unos instantes. Ella lo nota y me sonríe como si nos hubiéramos encontrado sin casualidades: ¿vives por aquí? Pregunta sin dudar y yo no la conozco, por lo que suelto la primera mentira cuando digo que no, que estoy de pasada. Las miradas se quiebran y el semáforo cambia a rojo. Solo un auto se detiene, no hay más. Así es en la mañana. No parece Lima. Pongo mi pie en el cruce peatonal y el pie de la chica persigue al mío. Pisamos cada barra blanca al mismo tiempo y me encuentro confundido. Ella me mira de vez en cuando, advirtiéndome implícitamente que soy su guía y que más me vale llevarla rápido a su destino, porque está ansiosa. Esto lo deduzco yo porque me gusta deducir, aunque siempre fracaso. Casi siempre, porque esta vez no fracasé. Ella realmente espera algo de mí.

Luego de caminar cinco minutos con la chica sonriendo a mi costado, me detengo nuevamente ante la pista vacía por el simple hecho de querer respetar el nuevo semáforo que se planta como un hito necesario para que ella me reproche: a esta hora no tienes que respetar la luz del semáforo. Preparo mi segunda mentira con una sonrisa y le digo que yo siempre respeto el semáforo, porque me da miedo morir atropellado. La verdad no me da miedo, simplemente lo digo porque no tengo mayor excusa. Soy un cojudito en la ciudad y siempre lo he sabido, pero no lo admito. Ella me sonríe y me toma de la mano. Cruzamos la pista aunque está en verde y esto me hace palpitar el corazón de una manera que definitivamente no es sana. ¿Qué te pasa? Le pregunto con falsa indignación y acelero un poco el paso. Ella me sonríe y no me responde y me pongo nervioso. Cada vez más nervioso. “Sí, no tienes cara de vivir por aquí, yo diría que eres de Miraflores o de la parte tranquila de Jesús María”. Me detengo un segundo y mis pies lo hacen casi al mismo tiempo que yo. Es cierto, yo he nacido en Jesús María, pero siempre me he visto en la cara de muchas personas del Callao o de Los Olivos. Quizá es mi prejuicio, el de ella o mi barba descuidada. Lo cierto es que la miro y la miro y la miro y no me atrevo a preguntar quién es. Reanudo el paso con la esperanza de que no me siga más, pero sucede lo contrario. El interés de una chica como ella por un tipo como yo me pone en alerta inmediata. Me dice que algo no está funcionando.

Un tercer semáforo detiene mi lento caminar. Estoy ansioso. Ahora sí pasa un camión a lo lejos y cuando ella me toma del brazo, le digo que ni se le ocurra, que esta vez esperaremos a que pase el vehículo y que la luz cambie para pasar. El utilizar aquel “esperamos” en plural la hace ganar confianza automática. Yo, mejor que nadie, conozco el peso de las palabras y reconozco haber caído en su trampa. En la trampa de hacerla parte de mis planes. Ella se apodera de mí y pasa rápidamente su brazo por mi cintura para conectar un abrazo que más bien parece un descanso de su cuerpo perfumado sobre mi cuerpo encorvado. “Está bien”, me responde con falsa inocencia. Cruzamos la pista y entramos por una calle sin transito vehicular, la que dirige a mi casa. Camino sin rumbo mientras pienso en cómo decirle a la chica que se está confundiendo de persona. Pensé que mi timidez me impide hacerlo, pero noto rápidamente que es mi interés el que se apodera de mi garganta. Sigo una línea recta por el camino y justo cuando pensé que perdería la conciencia, ella me toma de las manos (en una de ellas aún llevo el maletín, para alivio mío) y se planta frente a mí. Muy cerca. Su boca huele a falsa higiene dental, a chicle de menta, a “aliento fresco”. Investigo mi entorno y no logro comprendernos. Ella abre la boca primero: este parece un buen lugar, ¿subimos? Advierto la necesidad de escapar pero esta vez la mentira es para mí mismo y le digo que me parece bien.

El hotel siempre estuvo cerca a mi casa, pero nunca lo había notado. Los muebles son llamativos y el entorno es agradable. El recepcionista me avisa que mi habitación está en el segundo piso y que el pago se ha realizado. Recojo mi tarjeta y la guardo sin preocupación. Ella me mira y se sonríe. Yo solo quiero saber quién eres, pienso. Subimos por el ascensor aunque sea solo para un piso. Yo nunca hago eso, pero aquella mañana era de todo menos yo. Entramos a la habitación y lo comprendo por fin. Ella trata de besarme pero me aparto. No lo toma en cuenta y empieza a desvestirse. ¿Eres una prostituta, verdad? Su sonrisa no parece la que me mostró toda la mañana, pero definitivamente es la misma. Sin vacilar y mientras desabrocha su brasier, me contesta: “si no fuera así nunca te hubiera mirado, ¿no crees?”

Anuncios