A la chica con la que soñé la otra vez

¿Cuánto tiempo llevamos sin vernos? A veces me pregunto hacia dónde te fuiste, pero luego pienso que tal vez sea mejor así. Te imagino paseando por aquí y por allá, con un vestido más azul que turquesa, sonriendo o leyendo un libro que a mí también me gustó mucho. Es curioso estar sentado aquí y soñar que te persigo, que no te digo nunca que te quiero porque ambos sabemos que te quiero, pero que hay tanto por decir que no puedo caer en redundancias. Esas son -siempre serán- tonterías mías. Alguna vez, sin embargo, pude decirte que te quería y no había nada más que decir, pero no lo dije porque no sabía que te quería más de lo que te quiero. Tonterías, insisto, que ahora me amarran a la noche, esperando a la hora de dormir para rebuscar entre los pensamientos aquel sueño que me permite respirar con un poco más de soltura. Ambos sabemos que soy una colección de errores que brillan con intensidad sobre una repisa de madera podrida. Me hubiera gustado pedirte ayuda cuando pude hacerlo, pero no lo hice y me limité a mentirte lo “bien” que estaba en mis peores días y hoy que estoy peor que ayer (y así sucesivamente), me entristece no haber ordenado mi cabeza y enseñarte lo que soy en realidad, aunque algunas veces exploté y te dije cosas de las que me arrepiento y que solo ayudaron a destruir mi ya patética imagen.

Me gustaría que sepas que me refiero a ti, pero sé que difícilmente leerás estas palabras y aún más difícilmente sabrás que son para ti. Soy un bicho inexistente últimamente y sé que nunca te demostré si quiera una pizca de lo que siento hoy. Te reirías de mí al solo saber que me estoy enamorando lentamente de alguien que habla poco o nada conmigo, pero yo no he inventado este sentimiento y es difícil para mí expresar cariño. Estoy confundido sobre lo que significa el amor y ya no lo busco como alguna vez lo entendí. Siento un vacío y es todo lo que sé. De todas las personas que conozco, solo una puede hacerme olvidarlo y es todo lo que sé. Esto lo sé muy bien, pues las pocas veces que hablamos me distrajeron de todo lo que soy, calentaron de una extraña manera mis siempre frías manos y me hicieron sonreír aún cuando estaba solitario mi alrededor. Pesan mucho mis fracasos y mi presente, pero al hablarte te juro que se me olvida y te puedo decir que estoy muy bien, puedo intentar hacerte reír, hablarte de la música y de todo aquello que representa lo mejor de mí.

Son pocas las cosas que he dicho, pero he tardado mucho en escribirlo y siento que debo hacerlo. Hace mucho que no leía y releía tanto lo que escribo y aún siento que todo está mal dicho. Cosas como “quiero tomarte de la mano”, “maldigo la noche en la que te tuve frente a mí y no te vi”, “me odio porque no te busqué” entre otras han sido eliminadas porque no las puedo hacer fluir sin soltar después algo que no quiero decir. Algo que me hará quedar como el peor de los idiotas, aunque así sea como me siento la mayor parte del tiempo. Me invade un sentimiento de rabia, cólera, ira, nostalgia y satisfacción mientras escribo todo esto. Estoy muy enojado porque no pude ser sincero contigo ni con nadie jamás, porque no fui lo suficientemente valiente para decirte lo que siento aunque tú ya no sintieras lo mismo, para así dejar de torturarme todos los días pensando en todo lo que jamás hago. Te extraño como se extraña algo que se tuvo y se perdió, aunque parezca que nunca fuimos tan cercanos. Pero, sobre todo esto y por alguna extraña razón, me alegra nunca haber sido sincero contigo. Nunca haber firmado estas palabras con tu nombre. Nunca haber dicho que cierta canción me hace pensar en ti, en lo que nunca fuimos y probablemente nunca seremos. Me alegra que no sepas lo que siento porque así puedes vivir tranquila. Odio ser una carga para aquellos que me rodean y odio inundar el ambiente con mi verdadero yo, por eso siempre trato de ocultarlo aunque a veces sea muy difícil. Sin embargo, para ti nunca fui un problema. Nunca significaré nada para ti y probablemente hoy ya ni siquiera recuerdes que alguna vez me divertí hablando de nada contigo hasta que la madrugada castigó nuestro ya arruinado ciclo del sueño. Incluso sonrío al escribir que me encantaría desaparecer para siempre de tu vida, mientras yo me quedo con esta imagen tuya que me permite soñarte. Imaginarte en las historias románticas que leo en algunos libros y que mi mente dibuja tontamente con el cruce de tu mirada y la mía.

Siempre agradeceré haberte conocido, aunque me vayas a quitar el sueño por un tiempo más y me hagas escribir estas cosas que ya no me salen tan bien como antes. Cometo en este instante el error de decirte que te quiero, aunque no temo hacerlo porque sé que son palabras destinadas a perderse en una de las tantas nubes que tu paso ya ha de haber dejado atrás. Cierro entonces la puerta de mi habitación, porque sé que nuestras vidas siguen, aunque ya no sepa mucho de la tuya y acepto casi entre lágrimas olvidarte como parte de mi condena inevitable.

Ganas de vivir

Comenzaré mirando al muchacho que se sienta al costado mío. Elegante, con una mirada ligeramente nostálgica, cabellos delgados que se verán bien incluso cuando se pongan grises, un metro setenta y algo. Pero eso es solo una descripción física. Ahora volteo un instante para ver a la chica que acaba de subir. Un lunar en el mentón y otro cerca de la nariz. Me gustan sus ojos café, se parecen mucho a los ojos de cualquiera, pero ella mira por la ventana y eso hace que brillen un poco, de una manera curiosa. No me sonríe a mí ni a la ventana, pero supongo que tiene una linda sonrisa. Eso también es una descripción física. Hay pocas personas en un bus tan grande, esto no es algo normal en Lima, pero a todos los veo con los mismos ojos. No sé si ese muchacho está enamorado de alguien, si extraña a alguien, si ha perdido las ganas de vivir. La chica también es un misterio. No sé si conversaría conmigo, si tiene un gato o un perro, si quiere hacer algo antes de irse a dormir. ¡Normal! ¡Normal! Me digo a mí mismo: es normal no saber lo que pasa con las otras personas. Ahora yo miro hacia la ventana y mi mentira no puede seguir. Veo el reflejo tenue de mi rostro, ojos oscuros, la barba descuidada, el cabello despeinado, lunares cafés, pestañas largas, labios secos, cejas comunes, lentes, etcétera. También es una descripción física y no puedo ver más allá de eso. No sé si quiero conversar con alguien hasta las doce, no sé si tengo planes para mañana, no sé si extraño a alguien o si mis piernas preferirían caminar antes que estar dentro del bus. Si estoy feliz con las cosas que hago, es un misterio. ¿Tengo confianza en mí? No lo sé. ¿Quiero estar solo a la hora del almuerzo? No lo sé. Manos flacas y mucho pelo en los brazos es lo único que veo. Un jean gastado, lentes mal atornillados. No sé qué música me gusta, no sé si quiero cantar o que me canten entre risas. ¿Limonada o naranjada? Cualquiera. ¿Empanada de queso o mixta? Cualquiera. Antes me alegraba poder confiar en mí, la única persona que me conocía. Hoy me veo en “automático” y no sé si quiero dejar de serlo o si prefiero quedarme así.

El muchacho abandona el bus en el paradero de la Avenida Perú. Un lugar inhóspito para alguien tan bien vestido (pienso). Volteo a ver a la chica, está sentada con alguien más. No parecen conocerse, pero ella voltea a mirarlo de vez en cuando. Sube un niño y se pone a cantar. No lo escucho, pero le compro dos chocolates. Le ofrezco uno de los dos que acabo de comprar y me agradece con susto, pero no lo recibe. El niño llega al asiento de la pareja y el chico compra dos chocolates. Ofrece uno a la chica y ella agradece con tristeza. Se miran un rato y se abrazan. Luego se quieren. Luego se piden perdón y se duermen juntos. Quizá lo estoy pensando demasiado.

Isabel no se enamora gratis

Regresaba de recoger mi maletín cuando se cruzó en mi camino. Llevaba puesto un vestido corto y color blanco, con escotes marcados que no la protegían del frío que pasa silbando a las seis de la mañana. Aquella vez yo vestía un suéter verde oscuro, que me permitía sentir la humedad del viento, mas no me hacía temblar al  darle la bienvenida mi piel; traía unos jeans y todo parecía resaltar el maletín. De hecho, cuando bajé del bus, creo que lo primero que ella vio fue aquel bulto oscuro y lujoso en mis manos. Me paré a su costado para esperar al semáforo y sentí sus ojos perseguir el maletín y luego mis bolsillos. Paseó por mis zapatos viejos sin darles mayor importancia y brincó del suéter a mi rostro y yo aproveché para mirarla. Las descripciones están de más, ella era atractiva y yo no suelo admitir esas cosas. Mis ojos no son aventureros y me estanqué en su mirada unos instantes. Ella lo nota y me sonríe como si nos hubiéramos encontrado sin casualidades: ¿vives por aquí? Pregunta sin dudar y yo no la conozco, por lo que suelto la primera mentira cuando digo que no, que estoy de pasada. Las miradas se quiebran y el semáforo cambia a rojo. Solo un auto se detiene, no hay más. Así es en la mañana. No parece Lima. Pongo mi pie en el cruce peatonal y el pie de la chica persigue al mío. Pisamos cada barra blanca al mismo tiempo y me encuentro confundido. Ella me mira de vez en cuando, advirtiéndome implícitamente que soy su guía y que más me vale llevarla rápido a su destino, porque está ansiosa. Esto lo deduzco yo porque me gusta deducir, aunque siempre fracaso. Casi siempre, porque esta vez no fracasé. Ella realmente espera algo de mí.

Luego de caminar cinco minutos con la chica sonriendo a mi costado, me detengo nuevamente ante la pista vacía por el simple hecho de querer respetar el nuevo semáforo que se planta como un hito necesario para que ella me reproche: a esta hora no tienes que respetar la luz del semáforo. Preparo mi segunda mentira con una sonrisa y le digo que yo siempre respeto el semáforo, porque me da miedo morir atropellado. La verdad no me da miedo, simplemente lo digo porque no tengo mayor excusa. Soy un cojudito en la ciudad y siempre lo he sabido, pero no lo admito. Ella me sonríe y me toma de la mano. Cruzamos la pista aunque está en verde y esto me hace palpitar el corazón de una manera que definitivamente no es sana. ¿Qué te pasa? Le pregunto con falsa indignación y acelero un poco el paso. Ella me sonríe y no me responde y me pongo nervioso. Cada vez más nervioso. “Sí, no tienes cara de vivir por aquí, yo diría que eres de Miraflores o de la parte tranquila de Jesús María”. Me detengo un segundo y mis pies lo hacen casi al mismo tiempo que yo. Es cierto, yo he nacido en Jesús María, pero siempre me he visto en la cara de muchas personas del Callao o de Los Olivos. Quizá es mi prejuicio, el de ella o mi barba descuidada. Lo cierto es que la miro y la miro y la miro y no me atrevo a preguntar quién es. Reanudo el paso con la esperanza de que no me siga más, pero sucede lo contrario. El interés de una chica como ella por un tipo como yo me pone en alerta inmediata. Me dice que algo no está funcionando.

Un tercer semáforo detiene mi lento caminar. Estoy ansioso. Ahora sí pasa un camión a lo lejos y cuando ella me toma del brazo, le digo que ni se le ocurra, que esta vez esperaremos a que pase el vehículo y que la luz cambie para pasar. El utilizar aquel “esperamos” en plural la hace ganar confianza automática. Yo, mejor que nadie, conozco el peso de las palabras y reconozco haber caído en su trampa. En la trampa de hacerla parte de mis planes. Ella se apodera de mí y pasa rápidamente su brazo por mi cintura para conectar un abrazo que más bien parece un descanso de su cuerpo perfumado sobre mi cuerpo encorvado. “Está bien”, me responde con falsa inocencia. Cruzamos la pista y entramos por una calle sin transito vehicular, la que dirige a mi casa. Camino sin rumbo mientras pienso en cómo decirle a la chica que se está confundiendo de persona. Pensé que mi timidez me impide hacerlo, pero noto rápidamente que es mi interés el que se apodera de mi garganta. Sigo una línea recta por el camino y justo cuando pensé que perdería la conciencia, ella me toma de las manos (en una de ellas aún llevo el maletín, para alivio mío) y se planta frente a mí. Muy cerca. Su boca huele a falsa higiene dental, a chicle de menta, a “aliento fresco”. Investigo mi entorno y no logro comprendernos. Ella abre la boca primero: este parece un buen lugar, ¿subimos? Advierto la necesidad de escapar pero esta vez la mentira es para mí mismo y le digo que me parece bien.

El hotel siempre estuvo cerca a mi casa, pero nunca lo había notado. Los muebles son llamativos y el entorno es agradable. El recepcionista me avisa que mi habitación está en el segundo piso y que el pago se ha realizado. Recojo mi tarjeta y la guardo sin preocupación. Ella me mira y se sonríe. Yo solo quiero saber quién eres, pienso. Subimos por el ascensor aunque sea solo para un piso. Yo nunca hago eso, pero aquella mañana era de todo menos yo. Entramos a la habitación y lo comprendo por fin. Ella trata de besarme pero me aparto. No lo toma en cuenta y empieza a desvestirse. ¿Eres una prostituta, verdad? Su sonrisa no parece la que me mostró toda la mañana, pero definitivamente es la misma. Sin vacilar y mientras desabrocha su brasier, me contesta: “si no fuera así nunca te hubiera mirado, ¿no crees?”

Admito que no lo sé

Siento que no me quiero ir de aquí:

En la estabilidad, sentí la tranquilidad de quien se deja llevar por mensajes simples y promesas con futuro cercano. Sin temor a la incertidumbre. Los problemas se resolvían frente a mí con movimientos simples, un movimiento suave de la palma de mi mano sobre tu larga cabellera oscura o un levantar vanidoso de las tarjetas de un banco, próximo a descender sobre la maquinita gris que me decía que no me preocupe, que el pago había sido recibido. Todo lo pagaba con movimientos simples y todo se resolvía ahí, frente a mí. Mis párpados me dejaban descansar tranquilo: los problemas no se discuten en la mesa ni en la cama.

Sin embargo, sentía que tendría que irme de aquí:

Todo sale bien. Todo siempre me salía bien. Los poemas que escribía tenían personajes definidos y las sombras de las personas no eran masas oscuras y acosadoras. Todas eran sombras y ninguna de ellas tenía que preocuparme pues pertenecían al concreto y yo era del agua o del aire o de ambos si me iba a la playa o me bañaba en una tina grande y rosada. El agua caliente hace feliz a la gente con frío y yo siempre he amado el frío. Yo siempre encontraba calor en el frío, ¿por qué no iba a hacerlo? A veces el calor estaba en un par de pasos hacia la cochera, donde mi bicicleta me llevaba a la tranquilidad de un día que terminaría bien aunque se niegue a hacerlo. También podía estar en un viajecito de una hora en bus, que feliz tomaba a través de muchas caras tristes en Lima que yo no podía notar porque así éramos los felices: capaces de transformar todo el dolor en algo inexistente.

Pero se abrió la puerta y me fui:

Sin pelear, sin discutir, sin la capacidad de salir del agachar de cabeza, del sostener la cabeza con las manos, del temblor en la cabeza, del temblor que se pasea por la columna vertebral, que te abraza a veces el corazón y te hace sentir algo próximo a la muerte, que con los mismos brincos llega al estómago y te hace vomitar en silencio o simplemente te quita el hambre y el humor, que se arrastra como serpiente enojada hasta las piernas y te las muerde sin clemencia alguna y te tumba al suelo con cuidado de no matarte para verte sufrir ahí, con el temblor, retorcido e indefenso hasta que tus ojos también tiemblan y lagrimean. Y ahí tirado, tu voz también tiembla y repite y repite y repite: ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué no puedo pelear?

Cuando digo que me fui:

Renuncié. Renuncié a todo lo que alguna vez comprendí como tranquilidad; vi la puerta cerrarse. Los problemas ya no los pude solucionar, las distracciones ya no las pude pagar, las ganas de salir las perdí y el resto lo vi arder en un fuego rojo y negro. Las sombras, todas ellas se volvieron yo. El agua y el viento jamás se volvieron a mezclar conmigo, ni en la playa ni en la bañera. La música que escuchaba cambió, ya no quise cantar ni mostrarme en la calle. El viento arañó mi piel por primera vez y el frío no se pudo volver a combatir. Lima se volvió triste y horrible o yo me volví paranoico, pero Lima no me abandonó y en Lima sigo. Veo el pasar de los aviones, los siento volar sobre mí todos los días y no puedo evitar el deseo de volver a salir, de querer abandonar el dolor así como abandoné la felicidad, pero no me puedo ir. Las maletas se hacen y se deshacen todos los días, pero no me voy. Quizá por esperanza o por miedo a que regrese el temblor, no lo sé: no lo sé.

Pero me quedo porque me fui
cuando no debía irme.

Viaje reflexivo

Cuatro discos no hacen una colección.

¿El mar o la mar?

– El café cortado y el café con leche son distintos.
– No es cierto.

– Te amo.
– No hagas que te mande a rodar.

La contratapa del disco dice que se llama “Violin Concerto in A Minor”. A veces me siento en el sillón y me pongo a escucharla.

– El viento levanta las hojas de otoño y hace pequeños remolinos que se parecen a tus ojos.
– No sé de qué hablas, acá en Lima no suceden esas cosas.

Ambas opciones son válidas según el contexto o según la rima que quieras armar.

No sé escribir con rima.

Cuando desperté en la oscuridad, el sudor me hizo creer que naufragaba. Luego me pareció sentir tu mano y el sol salió, mi cuerpo regresó a tierra y pude sentir que no todo estaba perdido.

– ¿Siempre hablas como cantando?
– No, canto muy mal.
– Me imagino que sí.

-Te escribí un poema.
– Que quede en letras, no quiero oírlo.

– Dime que no.
– No puedo.
– Lo dijiste.
– No.

– ¿Por teléfono?
– Sí.

¿”Violin Concerto in G Menor”? Sí, alguna vez la escuché, pero para entonces ya estaba llorando. No presté mucha atención.

¿Llorar escuchando a Bach? Con tanta hermosura detrás, eso es un desperdicio.

– ¿Qué es la hermosura?
– Belleza percibida por ojos u oídos.

¿Y si te digo que la belleza también se capta con los labios?

Nunca he dedicado una canción a nadie.

Mátenme si algún día escribo que todas las nubes son del cielo.

Átenme si me vuelvo loco y amenazo con decirle lo que siento.

– ¿Y si te desmayas?
– Tenme entre tus brazos, te lo suplico.

Desde niño le gustó la idea de usar audífonos grandes, pero no creo que quisiera aislarse de nada.

Temo más perder los brazos que la audición. Temo más perder la audición que la voz. Temo más perder la voz que la visión. Pero entre brazos y voz o visión, prefiero perder los brazos.

– Temo perderte.
– ¿Disculpa? No te estaba escuchando.

El cuento más horrible del mundo

Escucho algo que parece un grito de auxilio y de alivio. El grito se transforma en la succión de una gran bocanada de aire y luego burbujas bajo el agua. Todo se ve azul y oscuro, pero ya no escucho el grito, solo burbujas. Mirar me cuesta y cierro los ojos tratando de comprender de dónde salió el grito, por qué me cuesta ver, por qué he dejado de respirar. Segundos después, la escena inicial se repite y escucho el lamentable sonido de quien estuvo a punto de morir ahogado. Siento el cuerpo cubierto de agua y luego todo está frío, una voz profunda y muy masculina me grita que no me quiere volver a ver en su vida y que más me vale entender con esta advertencia, porque no habrán más. Boca arriba, comprendo que los gritos y las respiraciones exageradas no eran de nadie más que mías. Incapaz de levantarme, juego a escribir palabras con los puntos rojos que veo como estrellas que giran, pero me aburren al rato; las únicas palabras que logro formar son “porquería” y “suciedad”. Estoy rodeado de agua, pero el recuerdo de llevar dos o tres días sin bañarme me acecha. Quizá podría ir a casa y enmendar el error, quizá podría quedarme aquí hasta que venga algún policía y me diga levántate, porquería. Prefiero no repetir la rutina, o eso creo, así que me levanto. Rafael, Alejandro, José, no sé cuál es mi nombre y no tengo identificación. No sé si me gusta la ropa negra o la blanca, pero ninguna de las dos me visten el día de hoy. Muero de frío, soy friolento cada vez que viene Rafael, Alejandro o José para golpearme durante media hora en el estómago, en la cara, en el corazón. No sé cómo se llama él ni yo, pero los golpes los conozco muy bien, los intentos de ahogarme también. Sin embargo, no puedo vivir lejos de la piscina municipal, me gusta venir y soñar que me encuentro con Claudia, Sabrina o Almendra: no sé cómo se llama ella, pero sé que, si existe, le gusta nadar tanto como a mí. Dudo que le gusten los golpes de Rafael, pero definitivamente le tengo que gustar yo. O Alejandro. O José. ¡Levántate, porquería! Me grita un guardián del orden, me veo los pies y nunca me levanté, quizá por eso lloro. Volteo la porquería que me viste y empujo los brazos que hace horas se desplazaban sobre el agua con toda la fuerza que me queda. Escupo agua o sangre y ahora sí me levanto con el esfuerzo sobrehumano que supone moverse por la vida siendo Rafael, Alejandro, José o quien quiera que sea el día de hoy.

¿A qué le tengo miedo? La vida me trató bien cuando pudo hacerlo, disfruté de mucho dinero, de un gran trabajo y de la compañía de Claudia (¿o se llamaba Sabrina? Yo creo que era Almendra), mi alma gemela, mi amor platónico y verdadero. La vida me trató bien, mi casa estaba en Miraflores y mi nombre lo sabía el diario El Comercio, la revista Caretas, la vecina del costado y sobre todo: yo. ¿A qué le tuve miedo? Ya nada existe, ya nadie sabe cómo me llamo, solo sé que todos los días a las seis de la tarde me darán ganas de ir a nadar y a golpe de siete seré golpeado, ahogado, ignorado, olvidado. Escucharé un clásico ¡levántate, porquería! y reviviré para arrastrarme hasta el antro en el que vivo ahora, en la soledad más iluminada posible para no golpearme con la esquina de la mesa mientras deambulo por las noches, preguntándome ¿qué me da tanto miedo? No me quiero morir, pero algo me está quitando la vida. Yo sé que las respuestas están en el cajón, ahí donde guardé mis documentos, mis fotos, mis cartas de recomendación y mis cuentos viejos. Todos los cuentos son brillantes, obras de arte capaces de imbuir al lector los sentimientos plasmados en cada palabra, pero hay uno que no está completo y a él es a quien temo regresar. A él le tengo miedo. Debería haber matado al personaje cuando tuve la oportunidad, pero lo dejé seguir su historia. Primero vivió dos páginas y ahí pensaba dejarlo, luego viajó y fueron diez, ochenta, doscientas páginas. Me emborraché de él, me convertí en él, setecientas páginas, le puse de nombre Rafael pero no le bastó, a las mil páginas se transformó en algo que más parecía un Alejandro o un José. Me aterró el monstruo y huí de él, lo amenacé con quemarlo pero lo amaba tanto que decidí esconderlo de todo lo que soy. Sin embargo me persigue y me golpea y me ahoga y me grita que me levante porque soy una porquería. Me miro al espejo y me digo ¡PORQUERÍA! ¡PORQUERÍA! Eso es todo lo que veo, porquerías. Claudia me dijo que soy una porquería, Sabrina me dijo que soy una porquería, Almendra me dijo que soy una porquería. Quiero llorar, pero bajo el agua no siento las lágrimas, no sé si estoy llorando pero todo lo que veo es azul, alguien me saca del agua y luego me sumerge. Alguien me grita que no me quiere volver a ver y nuevamente estoy tirado, tiritando, sollozando. Levántate, Rafael, me dice Claudia con dulzura y son las seis de la mañana. Tengo que ir a trabajar en una hora. Mi cuerpo está liviano como una pluma, no tengo más moretones ni ojeras y el cajón ya no existe. Quiero vivir, digo susurrando. Quiero vivir, no quiero morir ahogado, por favor, le ruego a Rafael y él me patea una vez más. Escupo agua o sangre o lo poco que me queda de esperanza y me dice que no existo, que merezco la muerte pero no en sus manos y me deja vivir. Me lanza lejos del agua y me quedo mirando las estrellas que se forman en mis ojos para jugar a conectarlas y hacer palabras, pero ahora lo único que logro formar es: porquería.

Odio

Carece de un cuerpo real.

En el día, funciona como un manto negro que no te permite ver el color del sol. Te condena a escuchar el sonido de un llanto melancólico en cada romper de las olas y te infecta los labios con palabras amargas, sin deseos de conocer nada que trascienda la soledad.

Al atardecer, te obliga a implorar la oscuridad total. Toma posesión de tus dedos y tus brazos y los conduce lentamente a tu cabeza, donde aprieta con la fuerza de Hércules o de Poseidón y presiona; presiona con la ira de los mil demonios hasta que empieza a dar tirones cada vez más veloces mientras no llega la luna para calmar todas esas sensaciones incontenibles.

Cuando llega la noche, deja todo tu cuerpo en paz y se abre paso hasta el corazón. Una vez allí, se encarga de jugar con tus latidos. A veces vives, a veces mueres. Cuando vives, es agotador el respirar y te sientes desvanecer en el piso de la intimidad de tu habitación o en el parque Kennedy, a la mirada triste de un centenar de gatos que no logran comprender el bicho raro en que te has convertido. No obstante, cuando mueres, encuentras paz en el desaparecer de tu alma y sientes como una fuerza indescriptible te obliga a cerrar los ojos hasta que abandonas toda esperanza de volver al estado de desconocimiento del que gozaste alguna vez, cuando fuiste un tonto niño pequeño. Y sientes cómo el final llega por fin a tu miserable vida, pero aún no. Aún no mereces ser comida de gusanos y vuelves a la vida despreciable, a la luz de las estrellas que brillan de la risa que provoca tu humanidad en el espacio infinito.

Carece de un cuerpo real, pero ha decidido habitar en el tuyo el día de hoy. Quizá mañana también te visite, quizá le guste el sabor de tu piel.