Nada grave

No hay forma de aliviar el peso de la muerte.
Trepa por mis brazos y me viste con camisón de paciente.
Con paciencia, esperamos la muerte
en una camilla que nos pertenece
hasta que el corazón deja de latir.

Mis amigos no me extrañarán,
mi familia no me enterrará
y mis amores nunca sabrán
que mi alma dura ha cedido ante sus dioses
o sus demonios (interiores).

No se lloran más lágrimas en este cuerpo.
Se lloran más lágrimas en esta vida.
Lloran más lágrimas quienes jamás me extrañarán.
Más lágrimas me buscan en mi pesadilla.
Lágrimas me verán rendido entre las pastillas.

El final insólito de la primera lucha del mes

No eres el poema que escribí ayer y tampoco eres la tarde de hoy.
No eres el perfume de mi almohada y no eres la canción que está sonando.
Tal vez eres el agua cristalina que acaricia mis mejillas al despertar.
No eres la cuerda que se rompió en mi guitarra y no deseo que seas nada de aquí.

No eres la piel que me envuelve y no eres la luz que se quemó en mi sala de lectura.
Pero eres la pintura que se desgarra con el pasar de los segundos y, sin embargo,
no eres la sombra que dibujan las persianas al caer el amanecer.
No eres el hoyo en mi zapato; definitivamente no eres el despertador de los martes.

Aunque eres el recuerdo de los últimos rayos de sol que broncearon mis enojos,
no eres el espacio que da forma a mis sueños. Es decir,
no eres el motivo por el que me alejo del descanso y por el que sufro cuando
no eres tú quien hace brillar mis ojos con sus abrazos.

No eres la primera voz de los vientos del norte.
No eres la sal que da peso a mis lágrimas.
No eres todo lo que necesito para vivir y por desgracia
eres todo lo que me ataba a este lugar.

Desechar, olvidar y engañar

Al cumplir doce años, Oliver sube a la camioneta de sus amos y se dispone a mirar por la ventana mientras siente el suave arrancar del motor. El tiempo ha pasado lentamente, la ciudad ha sido un buen lugar para pasear por las noches y él agradece eso.

Setenta kilómetros por hora. Los carteles anuncian que Miraflores ha quedado distante y los faros se encienden con el desvanecimiento leve del sol. Quizá eso es lo que le gusta a Oliver de la ciudad, eso de jamás ser rodeado por la oscuridad, eso de mear por las calles entre luces cálidas y gente despreocupada. El concreto casi ni se siente y el vehículo ha llegado a los noventa kilómetros por hora. Un suave sollozo se escucha en la parte delantera del auto y esto apena al viejo Olvier, que ahora solo piensa en que ha pasado una hora sin recibir caricias y que su casa está ya muy lejos de él.

Finalmente, la bestia motorizada frena al lado de un parque descuidado. El conductor se libera de las ataduras y desciende del vehículo. Abre una puerta, la cierra. Abre otra puerta, la puerta de Oliver, “baja muchacho, ya no podemos estar juntos”. Oliver es un perro viejo y sabe exactamente lo que está pasando, pero no le gusta la idea. Pestañea un par de veces tratando de imaginar que aún le queda mucha vida, que este día no debería llegar aún, pero es imposible. “Vamos, muchacho, esto es mejor que lo del veterinario”. Sí, quizá esto es mejor que forzar las cosas. Las patas le tiemblan y el cuerpo le pesa, pero Oliver ama a sus dueños, los ama demasiado como para verlos sufrir un instante más por culpa suya, por culpa de sus doce años que parecen trece, catorce, quince. Una relamida en el hocico y dos intentos de impulso son suficientes para que Oliver descienda de la camioneta y se despida de su querido compañero con treinta segundos de mirada fija. Recibe la última caricia y observa cómo se aleja velozmente el coloso sobre ruedas.

“Buen muchacho, Oliver, buen muchacho”.

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“¿Mamá? ¿Mamá dónde estás? Mamá, estoy en la sección de llantas, al costado de la comida de gatos. Cuando recibas este mensaje, ven a recogerme. Cambio y fuera”. Después de enviar su mensaje telepático, Juan se sienta a esperar a su madre mientras se arrepiente del momento en el cual soltó su mano para atrapar el balón amarillo que tanto deseaba. “Estúpido balón, todo es tu culpa, ¡ya no te quiero!” se lamenta el pequeño, mientras cuenta los segundos hasta que la recepción mejore y su madre pueda captar el mensaje.

Al llegar el segundo noventa y setenta uno, la impecable habilidad de Juan para contar se desvanece; nunca había tenido que contar tantos números y jamás pensó que tendría que abrir y cerrar las manos tantas veces para llegar a tamaña cifra. Juan intentó enviar un mensaje más a su madre, pero la señal todavía no funcionaba, ¿será culpa del centro comercial? Quién sabe, lo único importante ahora es aferrarse al balón amarillo y esperar. De nada sirve volver a contar los segundos ahora que ha perdido la cuenta. Tampoco sirve de nada moverse de ahí: cuando el mensaje llegue a mamá, ella irá corriendo al punto de encuentro y todo será peor  si no lo encuentra.

El tiempo desinfla lentamente el balón amarillo y el niño se aburre de ver tantas madres que no son suyas pasar frente a sus ojos. Una niña lo mira y se preocupa, pero se distrae al instante persiguiendo a su madre. “Rayos, ¡por qué no hice eso!”. Juan siente el delicado descenso de una lágrima por su mejilla, pero se contiene al instante, porque mamá dice que está prohibido llorar en Metro.

El número de personas disminuye y un rugido estomacal advierte a Juan que mamá no va a recibir el mensaje. Hoy también tendrá que caminar a casa.

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Claudia ha pactado reunirse con su novio dentro de una hora en Plaza San Miguel. Lo recuerda mientras cierra la llave de la ducha y toma una toalla para retirar las partículas de agua que han quedado impregnadas en su suave piel. Corre la cortina y pone el pie izquierdo dentro de su sandalia rosada; repite el procedimiento con el pie derecho y sale de la ducha. Unos pasos después, se para frente al espejo para observar su belleza por unos instantes: sus rodillas rosadas, el lunar en su vientre, sus pechos simétricos y sus pestañas curvas. Su reflejo hace un cuadro perfecto y ella lo sabe, por ello decide perder un par de minutos más admirando aquella obra de arte. Pero el reloj anuncia que se acerca la hora de salida y Claudia ha prometido no volver a faltar a su encuentro.

En un santiamén, Claudia decide la combinación de colores que usará esta tarde y se viste empezando por los pies. Con finas telas de lana, va cubriendo los distintos sectores de su cuerpo, ansiosa por verse nuevamente en el espejo para admirar su selección de prendas. Al finalizar, trota con prisa al encuentro con la secadora, que absorbe diez minutos de su tiempo, el cual aprovecha para admirar su semblante en el dichoso espejo que le conversa todos los días. El secador emite sus últimos soplidos, Claudia peina su extensa y oscura cabellera y ata un moño que anuncia el momento de partir.

La joven se dispone a salir cuando suena su teléfono celular. “Clau, ¿hoy vas a encontrarte con el tipo ese? Si no tienes planes, te espero en mi casa. Un beso”. Endemoniada por el vicio de la infidelidad, Claudia voltea hacia el espejo por última vez y le confiesa en silencio: “Parece que tu novio tendrá que esperar una noche más”.

Perfume de almohada

Algodón de azúcar,
palabra suave de diccionario.
Eres canción que pronuncian
labios que no son míos
y que te hacen el amor
donde no llegan
ya mis ojos.

Caricia de viento,
ave vigilante del atardecer.
Soy una bestia que se sienta
sobre tablas congeladas
y que mira por la ventana
donde solía brillar
tu azul estrella.

Poema de cristal,
agradable perfume de almohada.
Fuimos fragancia de canciones
escritas entre besos
y que existió en mi habitación
donde la soledad
no era de este mundo.

Una derrota más

Cuando decidí enamorarme, acepté todas las actitudes raras -en mí- que eso traería. Cortejar, divertir, afeitarme de vez en cuando, trabajar tan bien como pueda para tener algo bueno que contar, mejorar al escribir para que cuando me leas, digas: yo quiero salir con un chico así. La verdad es que soy muy flojo, pero creo que lo hice bien. Mejoré más de lo que creía, solo para ser la mejor opción de todas las que tenías a la mano y cumplí con todas las promesas que hice. Incluso las que involucraban los largos plazos que no son de esta generación. Me miro al espejo de vez en cuando y me digo a mí mismo que sí, que hice las cosas como se debían hacer y que todo lo demás escapa de mi control. Quizás amarrado a defectos de mi cuerpo, de la personalidad con la que crece un niño de veinte años o a los efectos de otra persona.

Hoy encontré muchos de los textos que escribí para ti, antes de que tu amor cambiara de cuerpo. Decidí alejarme de todo lo que tenía y que me recordara a ti, pero hay tanta historia entre mis cosas que a veces es inevitable el reencuentro. Terminaré de escribir la carta que nunca te di, solo para cerrar los agujeros de mi cerebro, aunque para esos días ya me habías dicho que no escribo tan bien como antes (a veces te creo). Para ti, que encontraste un amor tan perfecto que pudo desplazarme sin dejarme opciones y que ya no sufres leyéndome, hablando conmigo, ni besándome:

Somos dos existencias en un mundo gigante.

Somos dos existencias que pudieron surgir en tiempos distintos o en cuerpos distantes, somos acumulación de energía que pudo ser parte del sol o del viento. Sin embargo, somos dos humanos, hijos de Lima y de los años noventa. Quizás fuimos seres lejanos, pero algo nos ha hecho pisar el mismo suelo y ahora nos miramos fijamente. En tus ojos, compartes la sabiduría de un mundo extraño. Un mundo capaz de absorber el tiempo, si no fuera por la capacidad de tu sonrisa para cerrar el círculo. Por eso, cuando sonríes y me miras, todavía puedo pensar en estas cosas. En que estamos aquí, los dos, frente a frente, diseñados para encajar perfectamente en el espacio que se ha creado bajo nuestros pies. Somos la tierra y el cielo, somos un número que no existe, que no se puede dividir y que no se puede dibujar. Un número que solo entienden nuestras manos, cuando le tratan de dar forma en un juguetón entrelazar de los dedos.

Quizás somos más que dos existencias en un mundo gigante.

Quizás somos las palabras que le dan significado al amor, quizás somos un poema de las nubes, que se desvanece en el viento y que vuelve a formarse, cada vez más extenso y viajero. O, tal vez, somos el cuento que he tratado de escribir toda mi vida, la historia que se puede leer en cualquier idioma y en cualquier dirección, pero que nunca pierde el inicio, el nudo, ni el desenlace. O, tal vez, somos el mapa que no marca la ubicación de un tesoro, sino que muestra todos los tesoros sobre los que caminan los hombres sin siquiera notar que están ahí. Ahora que estamos frente a frente, mirándonos, tomándonos de las manos, siento que no puedo entender lo que somos con este cuerpo mortal. Pero esto no me preocupa, porque juntos podemos ser el contenedor de todo lo que somos. Juntos podríamos ser la familia que dibujamos de niños. Juntos podríamos materializar los sueños que nos unen y descubrir el significado de la verdad. Es por este instante, durante este juego de miradas y de palabras insonoras, que puedo ver el futuro infinito que nos transforma en un solo ser.

Lo que merece el cuerpo

(A)

Melissa sale del casino con menos fichas de las que tenía hace unas horas, pero sin aires de derrota. Mira a su derecha y es testigo de cómo un hombre roba un beso a una dama que, probablemente, está cansada de su compromiso y acepta el roce de los labios como un alivio. Probablemente acaba de entender que no importa cuántas fichas pierda o gane, el amor no se pierde en el tabaco, el alcohol o el casino.

(B)

Arturo ha vendido su casa en Lince para mudarse a San Isidro. El aumento de salario estuvo bueno y el tiempo que ha dedicado a su trabajo lo ha enriquecido de conocimientos varios que le aseguran una ligera ventaja sobre su competencia generacional. Cuando estruja la mano del hombre al que le compró la casa, ve cómo este se retira para abrazar a su esposa y la lleva en su auto a disfrutar de una nueva aventura, lejos de su antiguo barrio. Mientras se despide de ellos con un movimiento horizontal, Arturo se pregunta de qué le sirve tener tantas cosas si no las puede compartir.

(A)

Después de pasar quince largos minutos en la parada del bus, finalmente aborda un taxi, vencida por su impulso de gastar todo el dinero que alguna vez ahorró para comprarse una casa en San Isidro. Mientras se dirige a su departamento, recibe una llamada de un amigo con el cual solía compartir los ratos de diversión. Decide no contestar y guarda el teléfono en su bolso, sin esperanzas de recibir más llamadas. Melissa está convencida de renunciar a todas las oportunidades de olvidar su pasado, porque entiende que debe pagar el precio de sus errores.

(B)

Regresa en sí y le da una corta vuelta aérea a las llaves de su nuevo inmueble. Con actitud decidida a no pensar en las cosas que le restan tiempo de vida, Arturo se da una vuelta al puro estilo Michael Jackson para pasear por su casa vacía. Entra a la sala de bienvenida y se quita los zapatos y los calcetines. Da un par de vueltas y se dirige al espacio designado para la cocina, donde aprovecha para lanzar su saco y corbata al piso blanco. Revisa los espacios y se retira al dormitorio, donde mide el espacio perfecto para colocar su cama de agua mientras se saca la camisa y el pantalón, dejando un camino de tela fina. Desnudo, entra a su futuro baño, abre el caño de la bañera y se mira al espejo, su único mueble, para contemplar la soledad de su cuerpo, más vacío que su nuevo hogar.

(A)

Al llegar a Sucre con la Marina, Melissa decide pedirle al taxista que detenga el recorrido y le ofrece pagarle, de todos modos, los quince soles que había prometido. Con pisadas firmes a pesar de los efectos del alcohol, la demacrada mujer decide observar el paisaje de carreteras y edificios sucios como si estuviera frente a una colección de manzanos. Camina quince pasos hacia un restaurante de comida rápida, donde ve al hombre con el cual decidió engañar a su prometido, cenando con una mujer aparentemente más bella. Sin que lo noten, Melissa va desnudando su cuerpo poco a poco hasta quedar vestida solo por su blanca piel. Ante la mirada asombrada de los consumidores y las persignaciones de un grupo de monjas, Melissa se acerca a la feliz pareja y se queda mirándolos como si se viera a ella misma en el pasado.

(B)

Arturo lanza un grito enojado y rompe el espejo de un solo impacto frente a frente. Su reflejo pierde la batalla automáticamente, no sin antes dejar un gran corte sobre su rival inesperado. Al verse coloreado de carmín y con las bañera casi lista, el joven hombre aprovecha lo poco de juventud que le queda para sumergirse en el agua caliente, preguntándose por qué ha sido castigado con tanta soledad. El agua se torna roja a cada segundo que pasa, pero el tiempo es irrelevante en situaciones como esta. Alza la mano y arranca la cortina que cubría la bañera, hace una banda con ella y sella la grieta en su rostro, en búsqueda de frenar el sangrado o de ahorcarse de una vez por todas.

(A)

– A esto hemos llegado. Yo se lo hice a él y ahora tú me lo haces a mí. ¡Yo que renuncié a todo para amarte y tú me reemplazaste a los dos días!
– Mujer, aquí hay dos verdades. Vos engañaste a tu marido y yo era solo tu amante… Yo no sé, aquí la única en una relación formal eras vos, yo estaba de pasada.

Antes de que pudiera responder, un guardia del serenazgo de Pueblo Libre se lanza encima de la mujer y la viste con una colcha gris con diseños de leones blancos. Se la llevan a la fuerza a una camioneta y se dirigen a la comisaría para hacer efectiva la denuncia de una monja de “retirar a esta pecadora de un restaurante tan digno como este y que pague sus errores frente a Dios”. Melissa tiene la oportunidad de olvidarse de sus problemas y lanzarse del auto en un par de movimientos.

(B)

Cobarde ante sus posibilidades, Arturo amarra la cortina a su frente mientras ahoga su llanto entre fuertes bocanadas de aire. El dolor pasará, su cuerpo recuperará su peso original, su cerebro volverá a funcionar como siempre. El corazón le arde y el pecho parece una prisión insoportable, pero sabe que todo es parte de un arduo proceso de limpieza sentimental. Seca sus lágrimas y se prepara para los peores años de su vida, con la única esperanza de saber que nada de lo que está viviendo es eterno y en algún momento su cerebro descartará todo ese amor podrido que lleva en sus ojos.

(A)

Melissa hace un recuento de su vida y no encuentra nada que le impida saltar. Aprovecha un descuido de los guardianes del orden y abre la puerta con su brazo derecho. Acto seguido, rueda de la camioneta sin la colcha, donde encontrará una muerte rápida pero muy dolorosa, aplastada por un camión y dos de los buses que estuvo esperando en el paradero y que nunca aparecieron cuando los quiso.

Visión espiritual

Llevo muchos años persiguiéndote cuando vas a la playa, esto es aproximadamente el quince de cada mes. Tomo mi bicicleta y me pongo el abrigo negro. Acomodo un paraguas por precaución y salgo, seis y diez de la mañana, a buscarte entre las aceras vacías. No importa qué tan frecuente sea este oficio para mí, siempre tardo más de veinte minutos buscándote. Jugando a seguir las pistas de tus patines lineales, color rosa claro y blanco oscuro. Siempre sin casco, porque la vida nunca te obligaría a usarlo. Cuando te encuentro, dejo de parpadear para no perderte de vista y empezamos la carrera improvisada de hora y media hasta la playa. Sin intervalos, sin maquillaje. Siempre te dejaré ganar, porque si me ves acercarte rompería la tradición.

Esta visita es distinta a las demás. Hemos llegado a la orilla pero te quedaste observando como si las olas te hubieran domesticado. Entiendo que tienes miedo de algo por la posición de tus rodillas y por el modo en el que te aferras a tu cabello, evitando que el viento te haga creer que todo esto es un baile sin ritmo. Te agachas temblorosa para quitarte los patines y no hay nada más sensual que verte tomar con delicadeza las agujetas sucias. De repente todo cambia, el viento se calma y las olas rompen con calma: la playa sabe que ya llegaste y te invitan a pasear tus pies en la arena. Te admiro desde lejos con mis ojos cargados de enamoramiento y me imagino todas las cosas que te diría si pudiera acercarme a ti en este momento íntimo.

Comienza el paseo en la arena, saludas al cangrejo que se esconde cuando no estás mirando y recolectas los granos de arena que brillen más, sin propósito aparente. A mí me gusta pensar que los estás juntando para mí, me parece un precioso regalo de cumpleaños. Repites tus pasos una y otra vez, no te sientas a descansar ni un segundo y tu belleza no le da tregua a mis ojos. Te miro repetir y repetir y creo que he descubierto la única rutina en la historia de la humanidad que no aburre. Monotonía perfecta. Te veo cumplir tu ciclo y llega el desenlace del día. Caminas con pasos tristes hacia el mar amistoso y te sumerges poco a poco hasta desvanecerte, como todos los días. Una vez que ya no estás, me acomodo con mis lágrimas y me pregunto cómo sería nuestra historia si pudieras ser algo más que energía atrapada en la tierra.